martes, 23 de septiembre de 2014

Los Ingredientes Secretos de la Cocina

Como ya tratamos en un artículo anterior, en los últimos años está haciendo furor una serie de teleprogramas cuya naturaleza, al menos en apariencia, puede costar entender. ¿Qué tiene de gracioso o de emocionante ver a seres humanos desempeñando un oficio, o al menos una actividad totalmente cotidiana? Sí, parece que ya no nos interesan las hazañas épicas ni glamourosas; atrás quedaron El Coche Fantástico, Al Filo de lo Imposible, Fama, Star Trek… Una nueva generación de programas ha tomado el relevo. Ahora nuestro interés no se despierta siendo testigos de cómo otras personas y personajes, reales o ficticios, alcanzan sueños de gloria o fantasía, sino contemplando a gente trabajar, cantar, ir a la piscina… Uno no siempre es tan malpensado y, a bote pronto, concluí que, dada la sobresaturación de prácticamente todo en las últimas décadas, la única manera de tocarnos la fibra es sencilla y llanamente apelar a nuestro lado más mundano y menestral. Ingenuo de mí… Más que posiblemente yo no vea la programación televisiva lo suficiente como para tener derecho “científico” a opinar de ella. Mi escasa experiencia, sin embargo, me ha dejado un sabor de boca mucho más amargo de lo que esperaba y una conclusiones aún más espeluznantes.

Lo lamento, y posiblemente alguien se ofenda, pero tengo que tomar como epítome (que no cabeza de turco, ojo) al que me parece a todas luces el actual rey de la televisión en este país, auténtico fenómeno sociológico y popular: el cocinero Alberto Chicote. En cuanto uno lleva apenas un ratito “deleitándose” con este señor, en cualquiera de los programas en los que figura, se hace obligada una pregunta: ¿qué tiene de carismático este tío? ¿Por qué gusta tanto a la gente? ¡Si es más desagradable que una patada en los morros! Las cosas como son: será un crack en los fogones, pero como persona (al menos, delante de una cámara) es hosco, antipático y, aún en calidad de enseñante y tutor, bastante soberbio. ¡Helo aquí! Señoras y señores mías y míos, lo que menos nos importa es la cocina en sí: una vez más somos un atajo de buitres carroñeros y lo que nos encandila en estos programas son LAS MISERIAS.

Uno de nuestros momentos predilectos del señor en cuestión es cuando se pone como un energúmeno contra un hostelero poco hábil (o viceversa), mostrando la mayor cantidad posible de carnaza: cocina insalubre, broncas e insultos, debacles económicas, dramas familiares, lloros, vómitos, desesperación… Viene a ser lo mismo que pegar la oreja a la pared cuando los vecinos tienen una bronca doméstica, intentando no perder detalle escabroso. Quizá no lo sepamos, y probablemente nunca lo admitiremos, pero nos encanta ver cómo el conductor del programa reprende a todo el mundo como a irresponsables críos de colegio; lo hace de fábula, eso sí, y mucho me temo que es dicho “carisma televisivo” el que le hace merecedor del Prime Time y no tanto sus triunfos culinarios. Al final, eso sí, queda un espacio para la épica cuando el flamante caballero de la chaquetilla de Ágatha Ruiz de la Prada acude a salvar el día y es vitoreado cual Cid Campeador.

Eso es en uno de sus formatos. El otro me parece, si cabe, aún más revelador: el señor Chicote y otro par de “eminencias infalibles” se dedican a ningunear, estresar y putear a compañeros de profesión, algunos con más años en el carnet y en los fogones que ellos mismos. Les hacen guisar en unas condiciones extremas de tiempo y de presión y rara vez tienen un comentario medianamente amable: caña, caña y más caña. Nuevamente no puedo sino llegar a la conclusión de que no nos gusta ver a buenos profesionales cocinando magistralmente; para eso ya hemos tenido a la Santonja, a Arguiñano y tantos otros, y además en este programa no muestran un carajo de cómo se elaboran los platos. Lo que nos la pone dura es contemplar a personas que habitualmente son los punteros en lo suyo siendo denigrados hasta la categoría de mindundis; supongo que ver como destronan y decapitan reyes hace que nosotros nos sintamos un poco menos cagarrutas…

Sumado a todo esto, los criterios en dicho concurso son como para reírse por no llorar. Por ejemplo, un plato de ejecución impecable va para atrás porque a la jueza en cuestión “no le gusta la casquería”, que era el ingrediente obligatorio; consecuente, ¿verdad? Luego, los programadores de televisión, que estudiaron en escuelas caras y no son tontos, introducen los elementos necesarios para vender más y más el formato: hay concursos de popularidad encubiertos, se promueven las tiranteces y las capillitas entre participantes, momentos lacrimógenos estratégicos… Sin ir más lejos, en la inauguración de la segunda temporada asistimos a un certamen de belleza en toda regla: los que pasaron la prueba para poder quedarse en el concurso eran todos caucásicos, jóvenes y dentro de lo razonable, bien parecidos; los eliminados, dos gemelos calvos (uno de ellos, con gafas), una sudamericana y un señor añoso y con canas; como dice la canción de Siniestro Total, “¿Casualidad? Hmmm… ¡No lo creo!”

Que aquí hay más teatro que en La Latina y que los concursantes en ambos formatos se prestan a ello con fines promocionales creo que no hace falta ni plantearlo y estimo lo suficiente a cualquiera que esté leyendo La Caverna del Plató como para darlo por evidente. No es ahí donde quería llegar. Me intrigaba cuál es el ingrediente secreto que nos hace encontrar sabrosos estos programas, y mi conclusión definitiva, certera o errónea, es que se trata de una mezcla de especias, a saber: bilis, cicuta y gazunga verde.



lunes, 1 de septiembre de 2014

Retratarse en el vídeo… y en el cepillo

Un cubo de agua helada. Por la cabeza. Por la causa. Documentado. Y retando a otros a hacer lo propio. La verdad es que la idea se me antoja tan absurda que no puedo evitar pensar que es UNA GENIALIDAD.

Ya he oído a unas cuantas personas (la mayoría, ya de cierta edad) preguntar medio-indignadas qué demonios tenía que ver la colecta de fondos para investigar una enfermedad atroz con el hacer el indio de esos modos delante de una cámara. ¡Nada! ¡Pero si es precisamente eso lo que la ha hecho exitosa! De acuerdo en que todos somos libres de contribuir o no, con más o con menos, y que cruzadas como ésta hay tantas como dolencias médicas severas… pero rindámonos de una vez a la evidencia: de no haber mediado el juego del remojón y la nominación, el éxito de la campaña no habría sido ni la sombra del que está siendo. No sé de quién fue la idea, pero chapó y me quito el sombrero.

Esto no deja de ser, queridos lectores, lo mismo que cantar para aprenderse la tabla de multiplicar: cuando tratamos de hacer divertido lo que viene siendo meramente necesario y hasta obligatorio, la tarea se ve con otros ojos. De hecho, igual que con aquellas canciones de la escuela, te vas distrayendo del objetivo primordial, centrándote en lo puramente lúdico, y cuando te quieres percatar el conocimiento ya se ha posado ahí. Del mismo modo, tanto da que haya sido duchándose heladoramente o que les hubiese dado, por ejemplo, por comer tostadas untadas de mayonesa con la cara pintada de azul y tumbados sobre una tapia. El quid de la cuestión era propagar la reacción en cadena, por el motivo que fuese (diversión, moda, envidia, conciencia…), para que al final todo el mundo pasase por el cepillo…

Y ahí es donde me tengo que poner vinagroso (¡cómo no!). Volvamos a la escuela y rememoremos a aquellos niños bobos que se aprendían los cánticos y los declamaban con vehemencia, incluso los coreografiaban exageradamente, pero lo mismo les daba el contenido de esa letra que recitaban sin pensar: no habían asentado conocimiento alguno. También estaba el colegial “jeta parda”, que aparentaba saberse la canción, pero en realidad sólo estaba haciendo el paripé para quedar bien con la seño… Y luego el tímido, que no quería cantar, pero ya multiplicaba porque se lo había aprendido por su propio método.
Pues ya los tenemos aquí a los tres, bien creciditos: cuantísimo modorro está calándose y pasándoles la pelota a sus amigos sin tener ni pajolera idea de qué va el asunto; se divierten un montón, aunque ahí acaba todo. No hacen daño a nadie, pero que luego no vengan con que ellos han contribuido.
Quienes me parecen lamentables y carentes de sentido son aquellos que, sabiendo perfectamente que es una colecta de fondos y que sin claudicar en la hucha no se va a ninguna parte, se pegan la ducha helada pero no se rascan el bolsillo. ¿Acaso crees que con el gesto ya vale, que al desarrollo de la investigación le habrá servido de algo que tú te cales la cocorota? Ah, de acuerdo… que lo haces para que te sigan, ¿no?... Si eres tan famoso, tan influyente como para que se propague la llama por vértelo hacer a ti, ¿tanto te cuesta echar unas monedas? A ver si encima lo estás utilizando como herramienta de promoción pública… En tal caso, creo de corazón que deberías ducharte con esputos verdes.

Por último, hay gente que no se ha grabado haciendo lo del cubo frío, pero luego ha donado lo que ha podido o considerado. Eso, una vez separado el folklore de la acción propiamente dicha, cuenta igual. Está muy bien continuar y expandir la cadena, pero dentro de un tiempo, cuando el asunto haya pasado, lo que les quedará a los investigadores será el sobre con el dinero, y en eso habrán colaborado lo mismo uno que otro. Los que no habrán dejado nada son el niño tonto y el niño caradura…


Si hay que hacer el cafre, se hace. Si hay que operar discretamente, amén. Lo importante es aflojar la guita. Y lo demás, señoras y señores, es puramente trivial.

miércoles, 30 de julio de 2014

LA PERSONA TRAS EL PERSONAJE (II): Ian Curtis

Cantante y letrista del grupo británico de culto Joy Division, trovador de la decadencia urbana y estandarte malogrado de una generación. Sus letras te enfrentaban cara a cara con el lado más atormentado del alma, retratando sentimientos tremebundos como la angustia y la alienación de un modo tan intenso que sus seguidores lo colocaban, aún en vida, a la altura de un mesías. Cuando su salud mental, física y emocional no dieron más de sí, se quitó de en medio a los 23 años dejando un ídolo para la eternidad.

Me confieso seguidor de la banda y de la obra de Curtis. Esa sincera y descarnada lírica nos ha llevado a muchos a sentir en algún momento de la vida que el cantante nos comprendía mejor que nosotros mismos, y sensible era un rato, sin duda, pero el retrato “ursulino” que de él se ha hecho en muchas ocasiones, cual ser absolutamente puro e indefenso ante un mundo caníbal y maltratador, es una de las leyendas más partidistas y tergiversadas que con las que me he topado. De ello da fe Touching from a distance, la biografía que su viuda Deborah publicó en 1995, y que también acoge testimonios de otras personas cercanas e incluso del propio Ian.

Para empezar, ni era tan solitario ni tan tímido. Si escribía sus densos versos a solas, encerrado en su habitación... pues como tantos y tantos, oigan; algunos lo hacen en un café, que queda muy vistoso y bohemio, pero la mayoría preferimos un poco de intimidad para crear. A Curtis, en realidad, le gustaba ser líder y centro de atención en sus círculos sociales, y sus amigos más allegados le han descrito en más de una crónica como interesado y manipulador. Los demás integrantes de Joy Division tampoco le recuerdan ni depresivo ni excesivamente introspectivo: al menos cuando estaba con ellos le gustaba emborracharse, gozar del escenario y reírse igual que a los demás, y además era futbolero y forofo del Manchester United (me estoy imaginando la cara de úlcera de algunos al leer esto). De hecho, sus compañeros de grupo han admitido que nunca prestaron demasiada atención a sus letras porque no creían que el chico que ellos conocían pudiese ir en serio con aquello.

Prácticamente cualquier músico que sobre las tablas haga algo más que pestañear ya cae bajo la sospecha de ir drogado hasta los topes; Ian no se libró, máxime con su frenéticos bailes escénicos, pero en la mayor parte de las ocasiones no llevaba en sangre más que la medicación que le prescribían los médicos para su epilepsia. Efectivamente, pasó por dos sobredosis: una con dichas pastillas y la primera, siendo aún colegial, ingiriendo medicamentos a lo tonto con un amigo.

Impulsivo y caprichoso, decisiones suyas tan trascendentes como casarse a una tempranísima edad o ir a buscar descendencia respondieron al alegrón del momento cuando Deborah accedía a sus pretensiones económicas (invertir en el grupo mayormente). No obstante, la señora Curtis asegura que no la permitía usar maquillaje y que ardía de celos cuando la veía hablar con otros hombres. Cuando ella estaba embarazada, en pleno ascenso del grupo y de la figura de Ian como cantante, él la apartó casi literalmente de su lado, en palabras de varias personas del entorno, y la hizo ponerse a trabajar de camarera en una especie de discoteca, al poco de dar a luz, para que entrase un sueldo en casa mientras él intentaba dedicarse exclusivamente a la música, renunciando a su trabajo de funcionario. Vamos, que para ser tan sensible y comprender tan bien el dolor humano, con su esposa venía a ser lo que en mi pueblo se llama vulgarmente “bastante moro”.

Siempre se le ha retratado como un alma sufridora atrapada entre dos amores; es una forma de verlo. Otra diferente es que un Ian de poco más de 20 años, ya casado y padre de una hija pero al mismo tiempo estrella pop en ciernes (lo cual nos da una idea del cacao mental que debía de tener el chaval), se lió con una joven guapa y libre y le terminó estallando todo en la cara. Que sí, que se sentiría solo en las giras y buscaría otro espíritu “artístico” que le comprendiera (si fue más platónico o más sucio eso sólo lo sabrían ellos dos), pero nuevamente, por mucho que lo quieran justificar, a mí no me parece que se portase de un modo muy ecuánime ni muy comprensivo con su mujer... No sé si me explico...

Por otra parte, también se le etiqueta con facilidad como “poeta maldito”, y tal apelativo, en realidad, se aplica a aquellos cuyo arte no ha sido comprendido en su época y las han pasado canutas por el ostracismo y la penuria económica que suele conllevar. El que nos ocupa no estaba para despilfarrar, pero ya hemos visto que tampoco le faltaba de nada (y en tabaco gastaba bastante) porque tenía quien le mantuviese. Sus canciones eran reverenciadas por cada vez más seguidores y ya era una figura reconocida, camino del estatus de líder generacional. En el momento de su muerte Joy Division se encontraba a punto de saltar el charco para girar por Estados Unidos y tenían una suculenta oferta de discográfica multinacional encima de la mesa. Profesional y artísticamente no le iba mal, desde luego…

Que un chico tan joven se suicide siempre es trágico y no parece que nuestro protagonista lo hiciera, como algún otro tontaina del mundillo musical, buscando el acto definitivo de propaganda. La epilepsia le amargaba la vida y las medicinas le dejaban bastante zombi; luego estaba su situación familiar y sentimental, indeciso él entre el divorcio o la vuelta al redil. Quizá la presión por las inminentes responsabilidades de la banda fuese la guinda del pastel. Sea como fuere, podemos verle como un pobre incomprendido por la vida al que le caían palos por todas partes, o como a un jovencito metido en unos zapatos que más adelante, con años y madurez a la espalda, hubiese llenado de otra manera.


Nos perdimos un fantástico compositor y letrista y una voz estupenda, en eso yo estoy de acuerdo. Ahora bien, comprendo el cabreo de Deborah Curtis cuando aparece alguna enciclopedia de la música, de las que llevan pantalones y van al supermercado, y pretende explicarle A ELLA con quién estaba casada. Hace falta ser cretino.

martes, 6 de mayo de 2014

Buenrollismo cultural. Capítulo 5: del asco al gusto (y altero el pasado porque me toca)

Hace unos meses vi un anuncio a bombo y platillo del SONORAMA, uno de los festivales señeros de la música alternativa e indie en este país. Para quien no esté muy puesto en dicha corriente musical, digamos que bebe casi en exclusiva de tendencias foráneas (anglosajonas, en su mayoría) y cuya idiosincrasia, al menos hasta anteayer, se llevaba bastante mal con cualquier seña de identidad medianamente castiza o tradicional española. Pues bien, en tal comunicado la organización del festival proclamaba, henchida de orgullo, que el cabeza de cartel sería nada menos que RAPHAEL. Cerré los ojos, sacudí la cabeza un par de veces y volví a leer, pero resultó que lo había entendido bien. En mi ignorancia pensé que los amantes de dicho estilo y habituales en tal cita anual montarían en cólera por lo que yo consideraba una tomadura de pelo hacia ellos y sus gustos… pero casi todos los que conozco aplaudieron encantados la noticia y se apresuraron a respaldarla con argumentos tipo “ya iba siendo hora”, “fue un pionero del género” y “Raphael somos todos”.


Por esa misma regla de tres, a mí se me ocurrió instantáneamente que, de no haber fallecido, Manolo Escobar podría haber encabezado el Viña Rock, que es el festi por antonomasia del denominado Rock Estatal, fundamentándome en que el difunto cantante fue el epítome de un sonido genuinamente ibérico. Seguramente será que yo me perdono con facilidad mis propias estupideces, pero ambos ejemplos me aparentaban la misma enjundia.


No voy a objetar que el señor Rafael Martos fuese algo adelantado a su tiempo en cuanto a modos y maneras (otros lo denominan “estrafalario para la época”), pero tanto como precursor de la música alternativa… A ver si esta reivindicación de la figura de Raphael va a ser un repetir de loro de la que, en su día, hicieron otras figuras de la farándula… Por ejemplo, Enrique Bunbury empezó a sacar la cara por el señor Martos cuando la crítica especializada comenzó a comparar sus tesituras vocales; siendo gótico-siniestro en su juventud, malpensado de mí, me da que mucho Raphael no escuchaba, sino que igual es que le conviene… Luego está el caso de Alaska, que le da lo mismo al lado de quien la sientes, sea Camilo Sesto o Jiménez Losantos, ella es fan de toda la vida, lo cual me lleva a concluir que esta señora o bien carece de criterio, o (más probablemente) adolece de un fariseísmo directamente proporcional a sus ganas de chupar candelero.


En fin, que unos cuantos vemos al interfecto, más bien, como un cantante melódico de los de entonces, y dejando a un lado las diferencias estilísiticas, tan emblema de aquella cultura como lo fue el malogrado almeriense al que le robaron el carro. No obstante, opiniones personales aparte, de memoria ando bastante bien, y recuerdo perfectamente como los indies, hasta hace bien poquito, echaban pestes de todo este tipo de símbolos españolazos. Ahora resulta que en la estantería de los más cool, entre el disco de Lori Meyers y el de The Jesus and Mary Chain está el Grandes Éxitos de Raphael. Y yo me lo creo.


Me resulta absolutamente pasmoso constatar cómo también hemos no sólo cambiado sino hasta invertido nuestras escalas de valores en cuanto a la consideración social que damos a ciertos oficios, actividades y aficiones. Hace diez años un chaval manifestaba su deseo de ganarse los garbanzos como cocinero y a su viejo le entraba un sofoco, y le echaba una charla de tres cuartos de hora sobre lo esclavo que era el oficio y la vida tan perra que le esperaba… A día de hoy, entre que nos subimos todos al carro de cuatro chefs famosos (lo que consigue un español es, por ley, un triunfo de todos los españoles), y que nos encanta todo lo que nos venden los realities de la tele, los papis y mamis están poco menos que reservando plaza en las escuelas de hostelería según se acaba la Primera Comunión… Dejemos aparte la cuestión de que lo hagan pensando en las Estrellas Michelin y en los restaurantes con lista de espera de dos años, y no en el diminuto fogón de la Tasca Miserias, lo cual tiene el mismo fundamento que matricular a la criatura en un conservatorio o una escuela de música, creyendo que acabará en la Filarmónica de Viena o en los Rolling Stones, en lugar de la más que probable orquesta de verbena de pueblo…


Extiéndase el ejemplo a la albañilería, que gracias a los divinos programas de reformas domésticas ha pasado en nuestros ojos de sucio y trabajoso oficio para currelas a poco menos que fino arte plástico para celebridades en la materia; a las antaño sórdidas casas de empeño que ahora se nos presentan casi cuales escuelas de sociología y culturilla general; a la puja en subastas de bienes embargados, que siempre nos pareció miserable y carroñera, y ahora nos emociona como si fuese Eurovisión… Hasta el camionero de larga distancia, que nos apenaba por la de días que está lejos de los suyos, y en la actualidad nos lo presentan festiva y jovialmente como “el rey de la carretera”, y los tatuadores que antes nos daban miedo por la calle pero hoy son envidiadas estrellas mediáticas.


Pero la gravedad no está en que hayamos cambiado de parecer, ya sea en casos como el del cantante o en el tema de los oficios. Es bueno y sociológicamente saludable abrirse a nuevas informaciones y gustos, dejando a un lado los prejuicios, y ya iba siendo hora de dignificar ciertas profesiones y actividades. Lo gordo es que no lo hemos hecho por convicciones ni reflexiones propias, sino porque los medios de comunicación nos lo han pintado de bonito y lo que nos desagradaba, de repente, nos gusta un montón. Y además, no me acuses de que antes me asqueaba porque es mentira y yo he sido forofo desde siempre…


Y lo más terrible es que pasado mañana pueden cambiarnos otra vez el cristal de las gafas, y Raphael volverá a ser casposo y si nos sale un hijo cocinero lo querremos matar a guantadas.


Y esas serán nuestras convicciones de toda la vida.

martes, 29 de abril de 2014

Buenrollismo cultural. Capítulo 4: a mí me gusta todo, incluso lo que no me gusta


Groucho Marx no era español, pero hay una frase suya que sí lo parece: “Estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros”. Pretendemos estar en misa y a la vez repicando, y quedar bien con todo el mundo, a todas horas y en cualquier situación: no nos gusta que nos puedan echar nada en cara, tenemos que ser lo más en todo. Cuánto más sencilla e indolora sería nuestra existencia si no nos empeñásemos en adaptarnos a la fuerza, y con penosos resultados, a una serie de conceptos que son incompatibles entre sí y me atrevo a decir que hasta imposibles de pura imposibilidad. Al grano: si existe eso que llaman “para todos los públicos”, yo personalmente no lo concibo ni, por tanto, veo ninguna utilidad a los esfuerzos que hacemos por alcanzar dicha etiqueta, activa o pasivamente.

Harto conocido es el ejemplo de la dicotomía Telecinco / La 2. Supuestamente, o se ve uno o se ve el otro, ¿verdad? Pues no: un español, según con quién se haya juntado a hablar, aguarda la hora de “Redes” o se traga “Sálvame” (y de postre, pone a caldo a los del bando contrario). Es curioso: con lo que dados que somos, por una parte, a la exaltación y a la violencia en una situación antagónica, en un ambiente pacífico no soportamos la más mínima confrontación y tratamos de pasar por clones de nuestros interlocutores. Por eso, cuando el gobierno lo está haciendo como el culo (¿lo han hecho bien alguna vez?), “a mí no me mires, que yo no les voté”, pero si me topo con cuatro afiliados de renombre y me invitan a una Coca-Cola, resulta que soy simpatizante del partido de toda la vida.

Esto último me parece bastante esclarecedor. Se dice que todos tenemos un precio y pienso que es cierto. Ahora bien, no he visto un contertulio que tire por el retrete sus convicciones con tanta rapidez y a tan bajo coste como el súbdito promedio de este reino. ¿Será por la picaresca de nuestro carácter nacional? No sé yo: nos arrimamos al ascua que más calienta con tantísimo descaro que dejamos al Lazarillo de Tormes por elegante y señorial. Para colmo luego no nos duele el alma ni un poquitín, y dormimos tan felices porque habremos traicionado a nuestra conciencia, pero hemos sacado gratis un Chupa-Chups. ¡Gratis! Y cuántas veces ese Chupa-Chups no es más que la simple aceptación en un grupo social que no tendría por qué rechazarte por ser lo que eres, o que tendría que adaptarse a ti lo mismo que tú a ellos.

A mí me resulta especialmente “entrañable” ese veraneante que durante el curso en la city lleva una vida muy moderna y progresista llena de militancia y manifestaciones, come macrobiótico y rechaza abiertamente todo viso de carácter castizo-rancio; eso sí, llega en verano a las fiestas del pueblo y mientras corre el alcohol y le dicen que es un tío cojonudo, aquí el colega canta jotas, se infla de chacinería, cuenta chistes racistas, machistas y de maricones, y si hay entradas gratis, hasta va a los toros. Lo diremos bajito, no se vayan a enterar sus amigos de la capital…

No tengan miedo, queridos lectores y lectoras, a aseverar lo que piensan: por muy santificada que sea la oblea, si no la pueden tragar, para ustedes será un sapo, y tienen todo el derecho a decirlo sin miedo. No existe el “para todos los públicos”; cada uno tiene unas predilecciones, y no otras, por razones biológicas y vivenciales, y nadie está obligado a a decir que SI a lo que sus entrañas y su alma dicen que NO.

martes, 22 de abril de 2014

Buenrollismo cultural. Capítulo 3: las Vacas Sagradas no pueden ir al matadero


¿Recuerdan el capítulo anterior? Andábamos con que tal es en este país la obsesión por quedar siempre bien (y si se puede, por encima del vecino) que en cuanto nos enseñan la etiqueta de “indiscutible” ejecutamos el taconazo y la genuflexión, así carezcamos de la menor idea de qué versa el asunto, o sí pero nos dé repelús. Ahora viene cuando la matan, ¿qué pasa cuando alguien se opone abiertamente a esas "sentencias inamovibles"?

Comienzo mi argumentación con un ejemplo: Coca-Cola utilizaba aquel famoso eslogan de “X millones de personas no pueden estar equivocados”. Habrá pocos productos de consumo tan populares. Sin embargo, si alguien afirma que no le gusta se le respeta y se considera perfectamente normal que tome otra cosa. Extiéndase esto a cualquier ejemplo del hit-parade de la alimentación: el jamón serrano, el vino tinto, la pizza, la cerveza o el omnirrecurrente huevo frito… Sí, es estadísticamente probable que te gusten, pero en caso contrario no es ningún crimen.

¿Por qué demonios, entonces, es tildado de analfabeto e ignorante quien no comparte la afición por Mozart, los cuadros de Dalí o la obra de Shakespeare? Porque resulta que en el arte y la cultura, facetas de la vida opinables por antonomasia, hay verdades IRREFUTABLES. Vaya por Dios. No, no me venga con que si sus gustos, que si la época, que si bla, bla, bla… No señor: las obras universales  y los patrimonios culturales le tienen que gustar sí o sí. Y vaya quitándose esa costumbre de decir en voz alta lo contrario porque queda usted como un palurdo.

Si no le encuentras la gracia al Guernika de Picasso o al Grito de Munch te lo callas, porque lo que queda bien en sociedad es analizar sus estructuras caóticas, comentar la simbología desgarrada de sus formas y cualquier otra tontería intelectualoide que se te ocurra mientras te acaricias el mentón con aire de interesante. Luego a lo mejor no querrías verlos colgados ni el retrete de tu garaje porque te parecen horrorosos, pero apúntate al carro de los que dicen olé, pues así podrás mirar por encima del hombro a todos los que disienten.

¿Te consideras melómano? Pues tienes que derretirte de placer con la música clásica, se te deben saltar lágrimas de emoción al escuchar ópera y tus sentidos han entrar en éxtasis con el jazz. Por cierto, el flamenco ya ha dejado de ser para minorías, puedes usarlo también. Ah, y vete familiarizando con la música electrónica de autor (ejem, ejem...), es lo que está viniendo. ¿Que no los entiendes? Porque serás un inculto. ¿Qué los has escuchado en profundidad y siguen sin producirte placer auditivo? Son géneros universalmente “deliciosos”, si no te entran el problema lo tienes tú.

Ah, vale… Que has salido rebelde, ¿verdad? ¡Lo tuyo es el rock! Pues nada, apunta: Led Zeppelin, Rolling Stones, Bob Dylan, Bruce Springsteen, U2…  Si vas a nombrar algo que tenga menos de 25 años procura que haya salido hasta la saciedad en todas las revistas de gafapastas, para asegurarte de que se trata ya de otro topicazo. ¿Que te parecen sobrevalorados? ¿Cuántas veces tengo que repetirte que tu opinión no tiene necesariamente que ver con lo que opinas? Son geniales porque están comúnmente aceptados como tal. Y ya está, no le des más vueltas. Respondes “amen” y quedas genial.

El cine tipo Terminator 2 o cualquier película de Paco Martínez Soria es con lo que te has entretenido toda la vida; hasta ahí bueno… cada uno en su intimidad hace lo que quiere. Ahora bien, hasta que un “consejo de sabios” no anuncie oficialmente que de tan kitsch o tan retro ya se ha vuelto una obra de arte, hazme el favor de no decirlo en voz alta porque parecerás retrasado. Por ahora puedes ir pinchando al “Me gusta” de títulos como Ciudadano Kane, El Padrino, Psicosis, y alguna otra de tiempos pretéritos, las hayas visto o no, porque es un horrendo crimen declararte contrario al dogma. Y si puede ser, ya que estás, que tus actores y actrices favoritos se hayan muerto ya: Marilyn, Marlon Brando, Audrey Hepburn, Cary Grant… Aunque ni siquiera les pongas la cara, no te preocupes: estas invirtiendo en valores seguros. ¿O es que acaso ibas a decir que te parecen mejores Edward Norton y Catherin Zeta Jones? ¡¡Por favor!!

Creo que no es necesario seguir saltando de disciplina en disciplina, el “destripe” iba a seguir siendo el mismo. No, no ataco a las vacas sagradas de cada modalidad de arte, pues la mayoría gozan de tal predicamento por razones de peso, sino al talibanismo que defiende a ultranza que hay piedras 100% inamovibles y que todo aquel que opine al contrario es un sacrílego.

Se puede ser muy aficionado a algo, pero comprender que pueda existir una opinión distinta e incluso contraria es cuestión de calidad personal. Por tanto, y sobre todo, no tengan miedo a esos intransigentes: unos sólo encuentran su afirmación personal en la defenestración de los demás; otros, simplemente, pecan de ese analfabetismo que tanto condenan, pero la mejor defensa es un buen ataque, no vaya a ser que les pregunten la lección y resulte que no se la saben…

lunes, 17 de marzo de 2014

Buenrollismo cultural. Capítulo 2: cuando el río suena, yo digo amén


En mi cada día más lejana adolescencia acabé hasta el mismísimo moño de escuchar ciertas recomendaciones y consejitos del “abuelo cebolleta” de turno, que en esas etapas de la vida puede ser casi cualquiera (incluso alguien de tu edad) . Una de las que recuerdo con más asco venía a decir algo así como si yo me consideraba rockero debía tener en la mesilla de noche el Made in Japan de Deep Purple, la supuesta “Biblia del Rock”; igual de harto terminé de que poco menos que me excomulgaran cuando decía abiertamente (siempre he sido muy bocazas) que no me gustaba, pues parecía poco menos que un sacrilegio; pero de eso ya hablaremos en otro capítulo... Luego acabé constatando como muchos de aquellos “ doctos en la materia” no sólo no entraban en éxtasis con dicho disco, sino que ni siquiera lo habían escuchado: lo recomendaban de oídas.

Esas estadísticas que nos pasamos por según que sitio cuando nos conviene (por ejemplo, para meternos la minoría que ve documentales educativo en lugar de en la mayoría que traga telebasura), de repente son nuestra guía espiritual: cuando se nos pregunta públicamente por nuestra opinión, acudimos al “buen gusto oficial”, o lo que es lo mismo, a lo que tenemos entendido que es la crème de la crème, sin mayor argumento que el habérselo oído a cantidad de gente. Muy posiblemente, muchos de ustedes hayan recibido (o incluso hecho) la recomendación de leerse el Ulises de James Joyce, porque queda de lo más cultureta. Yo, personalmente, no he conseguido terminarlo, y me sumo la opinión que me hizo llegar un profesor universitario de Literatura Inglesa: “quien lo recomienda , o es masoquista, o va de boquilla y no se lo ha leído, porque es un tostón de aúpa; la vida es muy corta para gastar tanto tiempo en algo tan desagradable”. Lo mismo puedo decir, a título subjetivo, de El Castillo de Kafka: queda genial sacarlo en una conversación, y no veas qué pátina intelectual tan vistosa se te pone al reconocer su importancia en la historia de la literatura universal, al alabar su calidad literaria y el ritmo de su narrativa… Bla, bla, bla. Hasta ahí pueda pasar, pero es que tenemos que quedar siempre por encima, como el aceite, y te pones a recomendárselo a todo el mundo (cosa que probablemente no harías de haberlo acabado de veras, porque su lectura puede ser un verdadero suplicio), apoyándote únicamente en que, dado que tanta gente lo nombra, por algo será.

Hasta para expresar nuestra opinión más subjetiva, la que atañe a los gustos más íntimos y personales, tenemos que tirar del comodín del público y llenarlo de topicazos y lugares comunes. Si frecuentas bares de pachangueo, en el coche sintonizas Kiss FM (o algo similar) y en casa la única música que suena es la que sale por la tele, ¿a santo de qué viene decir que los Beatles son tu grupo favorito si no tienes más que un par de canciones suyas en los típicos recopilatorios de totum revolutum? Pues viene a santo de que queda mejor manifestar que admiras a Paul McCartney que a Daddy Yankee, y que enloqueces con Leonard Cohen cuando los discos que te pirran son los de Shakira. Repítase la misma operación en cuanto a literatura, cine, pintura... Luego, si quieres, escucha alguno de esos discos que pones por las nubes, léete algún clásico de la literatura de los que pregonas de lectura obligatoria, o visiona una de esas películas sobre las que los intelectuales sueltan tantas disertaciones (que luego tú repites como un papagayo), o vete al museo… Quién sabe, igual hasta te gustan. Tampoco es obligatorio, ¿eh?, basta con decir que lo haces y que todo el mundo debería obrar del mismo modo.

Está muy bien que tratemos de sobreponernos a nuestras humanas limitaciones y progresar, pero nos pongamos como nos pongamos, señoras y señores, la omnisapiencia es inalcanzable, y nadie está obligado a entender de lo que no se ha formado. Ahora bien, como españoles somos incapaces de reconocer nuestros topes, así que nos hemos hecho expertos en compensar la falta de contenido con un exceso de envase. En el colegio, cuando no habías hecho los deberes, lo que realmente te salvaba el trasero en último término era aparentar seguridad y tranquilidad para que la maestra creyese que sí los habías hecho y pasase a otra cosa. Aquí sucede algo bastante parecido. La faena es encontrarse con un tocanarices obseso de la transparencia, como este que suscribe, que siempre te acaba poniendo en un aprieto…

Las más de las veces, lo que decimos tiene poco que ver con lo que realmente pensamos, y bastante más con lo que queremos oírnos a nosotros mismos diciendo y, sobre todo, con lo que queremos que los demás nos oigan decir.

lunes, 3 de marzo de 2014

Buenrollismo Cultural. Capítulo 1: voy al entierro y además llevo el féretro


Estos días pasados, a colación del fallecimiento y posteriores exequias de Paco de Lucía, se me ha revuelto por dentro un asunto que ya lleva bastante tiempo rondándome las mientes: la obsesión impenitente que tenemos en este país con quedar bien, como decían en misa, SIEMPRE Y EN TODO LUGAR. No he sido nunca seguidor de este señor, pero que desbordaba talento, y que revolucionó su género y su instrumento, son afirmaciones que están fuera de toda discusión: era científicamente un genio, y cualquier estudioso de la música y de la guitarra en particular lo puede argumentar mucho mejor que yo. Por tanto, es totalmente normal y consecuente que se le estén rindiendo homenajes y despedidas por parte de los aficionados al flamenco en general y a su discografía en particular, así como de los mencionados instrumentistas de las seis cuerdas que, sin ser necesariamente seguidores del género ni del intérprete, han aprendido mucho de él.

Ahora nos vamos al Facebook, Twitter o similares y nos topamos con muchos, muchos miles de “se ha ido el más grande”, “hoy estamos de luto” y “te charemos de menos”. Esto no es malo en absoluto, y cada uno en su casa pinta la pared como le apetece, pero a mí las cifras no me cuadran. Si sacamos las estadísticas sólo con la gente que yo tengo agregada y extrapolamos, este buen hombre debió de haber vendido más discos que Elvis Presley. Sumemos el hecho de que tengo la buena o mala costumbre de hablar bastante (probablemente, demasiado) con mis amigos y conocidos sobre música, y acostumbro a profundizar cuando la charla lo permite. Conclusión: muchos de esos desolados fans, hasta donde yo alcanzo a conocerlos, han escuchado del difunto poco más que el par de consabidos hits cuando han salido por la tele; a algunos, si les hubiesen preguntado tres días antes de su muerte, no habrían sabido tararear una sola de sus canciones.

¿Qué intento decir con todo esto? Desde luego, nada que tenga que en particular ver con el señor Paco De Lucía; lo suyo es meramente coincidental. A lo que voy es a que en este país nos encanta sumarnos al cortejo fúnebre, especialmente cuando el fallecido era renombrado, así carezcamos totalmente de idea alguna sobre su vida y milagros, o incluso si nos es indiferente. Cualquier persona medianamente conocida, entrevistada a propósito de una triste noticia de este tipo, suele poner al recién desaparecido por las nubes, muchas veces metiendo la pata miserablemente por no tener ni pajolera idea de lo que habla; cualquier programa de zapping puede arrojar unos cuantos ejemplos. Evidentemente, la llegada de las redes sociales no ha hecho sino agravarlo. Si el finado hubiese sido Ramoncín (por poner un ejemplo que no caiga “universalmente simpático”) seguro que muchos detractores aprovecharían para destilar algo de bilis, pero también estaríamos leyendo panegíricos en una proporción mucho mayor que la de asistentes a sus conciertos y compradores de sus obras, y el clip de YouTube de “Hormigón, mujeres y alcohol” se habría compartido en infinidad de muros (**nota para el fan de postal: si quieres aparentar que te gustaba tanto, no elijas el típico tópico; como que huele un poco...**). Hace poco palmó Luis Aragonés y me encontré unas cuantas “sentidas despedidas” por parte de personas a las que ni les gusta el fútbol ni entienden de él, pero no querían perder la oportunidad de alabar la enorme labor del Sabio de Hortaleza; preferí no preguntar, no tenía ganas de ponerme puñetero...

Nuevamente, todos somos libres de proclamar lo que nos da la gana; simplemente, no veo ningún sentido a tener que ejercer de dolientes en un entierro que ni nos va ni nos viene. Pienso que quien se declara públicamente lleno de duelo por una desaparición que, si bien no le alegra, tampoco es que le haya amargado el día, no persigue otro objetivo que el de hacerse notar y quedar bien. Parece que nos sentimos moralmente obligados a sumarnos a una especie de sentimiento colectivo, aunque no vaya con nosotros.

Y es que en este país de cultura plañidera y farisaica no sólo hay que ir a todos los funerales, sino además llorar a moco tendido.

sábado, 8 de febrero de 2014

Sindical y sindiarena

A mi derecha hay un señor que opina que los sindicatos son nidos de ratas, criaderos de vagos, agencias de colocación,… un timo social, en resumidas cuentas. A mi izquierda tengo a otro señor que pone los sindicatos por las nubes: el gran avance en el desarrollo socio-laboral, la voz de la clase trabajadora, el hermano mayor que defiende al pequeño… algo así como abnegadas ONG’s. A uno y a otro podría reconocerles que en alguna parte de su subjetivo y parcial discurso hay cierto poso, pero lo que en realidad me apetece decirles a ambos es que me parecen demagogos y simplistas, y que, como en casi todos los extremos, se dejan una parte enorme de la historia por contar.

No soy más que un ciudadano como otro cualquiera, pero las vicisitudes y las vueltas de la vida me han llevado a vivir el sindicalismo desde fuera y desde dentro. Llegué a conocer los entresijos de “mi organización” y de otras de carácter similar, pues además de mis propias experiencias y mi observación, aprendí mucho del mundillo gracias a las buenas amistades que fragüé; incluso en casa llegó a entrar una nómina que llevaba el membrete de una de estas entidades. Por ello creo que puedo e incluso debo completar un poquito los retratos a medias que han hecho estos dos individuos, sin más intención que la de compartir conocimiento. No, tampoco aspiro al Nobel de la Concordia: es que me repatean las verdades a medias y la ignorancia bienpensante.

¿QUÉ TENGO QUE DECIRLE AL SEÑOR DE MI DERECHA?
Para empezar, es un tremendo error considerar que todas las personas sitas dentro de una oficina sindical son iguales; tiene el mismo fundamento que decir que en el sector de la construcción solo hay albañiles, y además todos curran lo mismo. Hay que distinguir, a priori, “las dos alas del edificio”: donde están los políticos, y donde están los empleados. En la primera sección hay gente de todos los gremios, aunque sí que es cierto que los empleados públicos son mayoría aplastante, pues en la empresa privada está bastante mal considerado y suele traer muchos problemas. Se subdividen por sectores y en cada uno hay unas personas distintas, con un funcionamiento diferente en base a los convenios y particularidades del gremio y adscripción que corresponda. En cualquier caso, son gente que está ahí por vocación, por convicciones,… llámenlo X; no les obliga nadie. Los hay que están liberados de su puesto de trabajo, total o parcialmente, y su sueldo lo paga su empresa original (que puede ser un organismo público), y también están quienes dan el callo fuera de su horario laboral y por amor al arte, sin más recompensa que la satisfacción personal. En todos esos casos he conocido gente muy honrada y consecuente, con vocación de lucha y servicio a los demás que, sin que nadie les ponga una pistola, se dejan los cuernos en su labor y hasta se pueden pegar más horas trabajando en el sindicato, dentro y fuera de la oficina, de las que están o estaban en sus centros de trabajo. ¿Piensa usted, señor de mi derecha, que porque se hallen bajo las mismas siglas se les puede medir a todos por igual rasero?

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Otro aspecto que mucha gente desconoce o no comprende es el carácter de un sindicato como empresa privada que tiene trabajadores asalariados: administrativos, abogados, técnicos especialistas… Todas estas personas son profesionales que poco o nada tienen que ver con el juego político. El servicio jurídico, sin ir más lejos, es el principal atractivo para la mayoría de los afiliados; quien crea que le están chupando la sangre por esa cuota de 10 euros al mes, que trate de contratar un abogado privado y luego me lo cuenta. De igual modo, otros empleados de la casa se ocupan de los cursos de formación, de los planes de empleo, de la acción social y de una larga lista de tareas de cara a mejorar la vida de otras personas. Fueron contratados, en la mayoría de los casos, gracias a una subvención y en base a su currículum, que pasó un proceso selectivo más bien estricto; no cumplir con sus obligaciones les acarrea las mismas consecuencias que en cualquier otra empresa privada. Señor de mi derecha, pese a que como español medio sabe usted de todo (y mucho) y está casi siempre en posesión de la verdad absoluta, ¿le parece que tales empleados, que hacen el trabajo para el que se les paga, deben ser demonizados, azotados y quemados en la misma hoguera que esos a los que usted tiene tanta tirria, y que ni siquiera trabajan con ellos?

¿QUÉ TENGO QUE DECIRLE AL SEÑOR DE MI IZQUIERDA?
Dividiendo nuevamente el edificio en sus dos secciones, dentro del sector “por vocación” he visto cosas que me horrorizaron hasta el punto de abandonar al poquito de haber entrado. Allí hay gente que tiene la misma preocupación por la defensa del trabajador que yo tengo por la liga de balonmano del Kurdistán, y que no sólo “no siente los colores” sino que hasta se avergüenza y se escaquea todo lo que puede, pero claro… no hay que fichar, el horario no es estricto, apenas existe control… Como en cualquier caso de libre albedrío, para el niño con malicia todos los juguetes son un arma. Por ejemplo, el absentismo laboral se disfraza muy fácilmente como “trabajo de campo”, y es complicado de desenmascarar salvo que te pongas en plan policía.

La experiencia es un grado, y aprendí mucho de ciertos veteranos, honrados sindicalistas de corazón y sangre, pero en mi humilde opinión uno de los enormes cánceres de los sindicatos españoles son algunos de sus "históricos". Los hay que llevan tantísimos años fuera de su empleo original que han perdido cualquier conexión con el mundo laboral real; sólo hace falta ver a quienes tienen en las cimas de las pirámides. También es muy habitual contemplar como se comen una y cuentan veinte, o el minucioso trabajo de manipulación que realizan con sus afiliados y simpatizantes de cara al momento electoral. Como cachorro por joven y pardillo por novato que fui me tocó ver cómo los perros viejos (y no necesariamente en edad) se adjudicaban los méritos de nuestro trabajo e incluso nos invitaban amablemente a estarnos un poco quietecitos porque dejábamos mal a los que se movían menos. Cuando empezaron a anunciarse las reducciones de liberados por Decreto Ley, fue pasmoso ver como algunos gerifaltes sacrificaban descaradamente y sin contemplaciones a sus “subordinados” con tal de no tener que volver al antiguo tajo. Algunos no quieren renunciar a la vida que llevan; otros, directamente, no valen para trabajar en un sitio normal.

Otro gran mal que les aqueja, y directamente derivado del anterior, es el culto exacerbado a la figura del líder. Dentro de esos organigramas inacabables, absurdos y disfuncionales, donde todo el mundo te llama “compañero” pero la mayoría son tus jefes, se adora y se teme a los barones y baronesas de arriba como a dioses. Por descontado que tales divinidades están por encima del bien y del mal, y todo se les consiente, se les perdona y hasta se les aplaude; vamos, igualito que en los partidos políticos, cosa comprensible ya que se acuestan con ellos a todas horas. Tales inconsistencias llegan a extremos tan ridículos que te atragantas de bilis, como por ejemplo, cuando las mismas bocas que protestaban, sujetando una pancarta para la foto, contra las medidas de Zapatero, al cabo de unos días, babeaban como imbéciles mientras le daban la mano en un mitin. Supongo que no hace falta que recuerde al líder sindical que encabezaba manifestaciones que gritaban NO y dos minutos después aceptaba gustoso ser el Ministro encargado de aplicar el SÍ. ¿Me quiere usted hacer creer, señor de mi izquierda, que esto tiene remotamente algo que ver con la lucha por los derechos de los trabajadores?

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Pasamos a las oficinas de los empleados a sueldo. No veas tú si cambia la cosa aquí… He tenido y tengo compañeros, amigos y hasta familiares directos en esta situación, y digo con la boca bien grande que los sindicatos, en muchas ocasiones, son empresas tan despiadadas y chanchulleras como aquellas contra las que se querellan. Ya para empezar, sus asalariados llevan un control de entradas, salidas y marcajes horarios tan estricto que sólo les falta fichar para ir al baño. ¿Adivinan quién les pega un toque si se salen del tiesto? Correcto: uno de esos políticos que no rinde cuentas ante nadie. Viva el ejemplo.
Después, todo ese rigor que los sindicatos exigen ante la patronal y la Administración a la hora de firmar contratos y pagar salarios se lo pasan muchas veces por el arco del triunfo y en sus oficinas te puedes encontrar, como en cualquier privada, a gente que ha aportado una titulación de la leche para desarrollar una labor especializada pero que cobran y cotizan como auxiliares administrativos (no voy a entrar en dónde va a parar el resto de la subvención…). Como era de esperar, también les toca desempeñar funciones que no les corresponden y hasta se les vulneran sus derechos laborales. ¿A quién denuncias esto? ¿Al sindicato de al lado, que hace lo mismo? ¿Quién vigila a los vigilantes? Además, queréllate contra uno de ellos y ya te puedes olvidar de volver a trabajar en el sector; sí, sí, prácticas mafiosas y todo lo que tú quieras, pero te lo advierten bien claro.

¿Recuerdan con qué virulencia protestaban estas organizaciones contra la reforma laboral? ¿Sabían que la que más, la que menos, están aprovechando dichas facilidades para librarse de sus propios empleados de un modo mucho más ventajoso e impune? Es que, como hay crisis… pero las prebendas de los capitostes no se tocan, ¿eh? Eso es sagrado. Les recomiendo, a colación de esto último, este artículo de Gómez Caloca, sindicalista palentino que tiene mi mejor consideración.

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¿Le parece a usted, señor de mi izquierda, que esa es la forma en que deben actuar quienes se autoproclaman “los máximos defensores de la clase obrera”?

Señor de mi izquierda, señor de mi derecha: VÁYANSE LOS DOS AL GUANO.


Dedicado a tod@s l@s compañer@s a quienes un sindicato ha arrojado a la cuneta de esas maneras tan vergonzosas.

domingo, 2 de febrero de 2014

Destapando la mitología: cómo es en realidad estar en un grupo

Hoy traigo un artículo que, de puro genial, tenía que ser difundido. Todos los méritos para su autor; yo tan sólo lo he traspasado lo más fielmente posible al castellano, fotografías incluídas. La licencia que sí me he tomado es la de aclarar algunos conceptos “territoriales” del sector de la música, que habrá quien considere de culturilla general, pero que en mi modesta opinión el lector no tiene por qué saber. Al igual que las películas, gana bastante en versión original, así que quien se anime tiene el enlace al final.

DESTAPANDO LA MITOLOGÍA: COMO ES EN REALIDAD ESTAR EN UN GRUPO.
Por Jonah Bayer. Guitarrista en The Lovekill y United Nations, periodista musical y escritor.

1-Furgo

Ya se sabe que el mundo de la música tiene bastante glamour. Todos los fans, las groupies, los focos brillantes, las firmas de autógrafos, los patrocinadores... parece realmente la cima del estrellato. Sentimos en el alma ser quienes os lo desvelen, pero no es así... y menos aún en 2013. Dado que he tocado en grupos, he trabajado en giras, y me he pasado incontables horas en el camerino buscando el Santo Grial (esto es, un retrete que funcione), considero que sé un par de cosas acerca de cómo es realmente estar en una banda. Es el momento de aplastar vuestros sueños irreales. Mil perdones.


LA MAYORÍA DE LOS AMPLIS SON DE PEGA
2-veil
El pasado verano, Jirma Vik, vecina del barrio neoyorquino del Bronx, acaparó titulares en Internet cuanto posteó una foto de los amplificadores del grupo Black Veil Brides tomada desde detrás y que mostraba que las pantallas (las cajas que contienen los altavoces) estaban vacías. Esto es casi tan “polémico” como que grandes estrellas del pop hagan playback o que en los realities de la tele esté todo guionizado. La verdad es que gracias a esas enormes torres de altavoces exteriores llamadas “P.A.’s” (abreviatura de “Pro Audio”), las murallas de amplificadores han quedado relegadas, básicamente, a funciones estéticas o para colgar trapos (esos enormes telones) en ellas. Así que la próxima vez que vayas a ver a tus metaleros favoritos dando caña delante de miles de amplis gigantes, cómo no, DISFRÚTALO, pero que sepas que el guitarrista, probablemente, tendrá enchufada la guitarra a un combo pequeño que está escondido detrás de todas esas mega-torres de mentira.


LOS CAMERINOS DAN BASTANTE PENA
3-kiss
Un sueño bastante habitual entre los fans de la música es el de colarse en la zona reservada tras el escenario y disfrutar del equivalente de Gene Simmons de Kiss en una bañera con un montón de modelos y no-sé-cuántas más chorradas de esas que salen en películas como Cero en conducta (título original “Detrot Rock City”). Por desgracia, la realidad es que, a día de hoy, en la mayoría de los camerinos hay unos cuantos tíos hablando por Skype con sus casas, viendo Padre de Familia o, lo que es peor, jugando al World of Warcraft hasta que les arden los ojos. Entonces, ¿hay desenfreno en los camerinos? Claro, hombre: casi siempre son todo tíos, hay un número muy limitado de cervezas y, a no ser que vayan en un autobús, se tienen que pasar la noche conduciendo. ¡Hala, a divertirse!


LO DE CAMBIAR DE GUITARRAS ES PARA FARDAR
4-percha
Si eres el guitarrista de Sonic Youth, sí, necesitas catorce guitarras con otras tantas afinaciones distintas para cubrir un concierto de dos horas. No obstante, si tocas un concierto de veinte minutos en el escenario de los donnadies de un festival de Villaporculo de los Tomates, lo más probable es que no te hagan falta. La verdad es que los guitarristas son un colectivo egocéntrico y que, en muchos casos, esos cambios de instrumento responden más a las ganas del instrumentista en cuestión de parecer profesional, dado que las formas generalmente aceptadas de afinar una guitarra tampoco son tantas y con los afinadores digitales se tarda, literalmente, unos segundos en cambiar de una a otra. Pero claro, vuelta a lo mismo, ¿cómo si no van a exhibir esos golpeadores de espejo tan monos?


EL GRUPO NO VA A TOCAR LA QUE ESTÁS PIDIENDO
5-mecheros
No hace mucho, mi banda teloneó a Circa Survive en el House of Blues de Atlantic City, y había uno en la primera fila que no dejó de gritar durante todo nuestro concierto “¡¡Iros a tomar por culo y que salgan los Circa!!”. Aunque a mí me pareció de risa, estaba claro que esta persona no entendía que hay unos horarios de actuación determinados y que simplemente no nos vamos a bajar del escenario sólo porque tú estés obsesionado con Anthony Green (el cantante de dicha banda). Del mismo modo, los grupos llevan un “set-list” (repertorio o listado de temas) ya preparado, así que me temo que no les va a dar por tocar esa desconocida cara B que les llevas pidiendo a gritos toda la noche, máxime cuando el propósito de la gira es promocionar el nuevo disco. Pero vamos, que eso no te detenga…


ESE CHASCARRILLO IMPROVISADO... ESTÁ PREPARADO
6-chiste
¿No os ha pasado alguna vez que estáis en un concierto y el cantante hace una broma para partirse a propósito de una canción? La razón por la que la mayoría de los solistas saben hacerlas sobre sus propias creaciones y no, por ejemplo, sobre temas de actualidad es porque repiten la misma chorrada todos los días hasta que, básicamente, están leyendo un guión. ¿Esto está mal? No. Incluso los humoristas profesionales tardan un tiempo en sacar material nuevo, pero es que además los grupos pueden estar tocando durante meses del tirón sin un solo descanso. Así que la próxima vez que veas a tus predilectos tocar dos noches seguidas y te cabrées porque ya habías oído esa anécdota sobre una habitación de hotel, imagina que tú tuvieses que aprenderte un nuevo repertorio de chistes completo cada noche mientras te estás pidiendo otra copa.


TE ESTAFAN CON LAS CAMISETAS
7-camisetas
¿Verdad que a menudo vas a un concierto y las camisetas valen 20€ o incluso más? Claro, el algodón se ha puesto carísimo (quizá por todo lo que se han gastado en su nueva campaña publicitaria), pero no se puede negar que el precio de esta camiseta está inflado. Un par de cosas a tener en cuenta: si tu grupo favorito va de gira como telonero de otro más exitoso, no les permiten vender su merchandising más barato que el del grupo principal, ya que podría mermar las ventas de éste. Además, si el concierto es en un recinto grande, la organización se queda un porcentaje (variable, según locales) de dichos beneficios. Por último, hoy en día los grupos no sacan pasta con la venta de discos, así que ésta es una de las pocas formas en que les puedes apoyar. Ten eso en cuenta antes de negarte a abrir la cartera.


TU MAQUETA VA A IR A LA BASURA
8-rotos
¿Es acaso imposible que el CD que les lanzas al escenario acabe dentro del portátil del bajista esa misma noche? No, por supuesto que no es imposible. Ahora bien, míralo desde su perspectiva y rápidamente te darás cuenta de que esas esferas plateadas parecen más bien discos de instalación del ADSL antes que medios viables para descubrir el “próximo bombazo”. Incluso en el mundo digital, esos impersonales reenvíos de e-mails con la dirección de tu Bandcamp y cero contexto al tipo que les lleva la cuenta de correo, muy probablemente, no vayan fructificar de forma que seáis teloneros en su próxima gira. De todos modos, sigue creando tu arte y contándoselo a la gente, pero lo más importante es forjar vínculos personales. Éstos, al menos, no se pueden lanzar como un frisbee.

Artículo original de Jonah Bayer (en inglés)

sábado, 25 de enero de 2014

LA PERSONA TRAS EL PERSONAJE (I): Antonio Machado


La historia, a menudo, es una pésima y aburridísima retratista. Cuando nos pinta a un ilustre para la posteridad suele hacerlo, por conveniencia o por dejadez, de un modo monocromático y sin relieves, legando para las crónicas una figura plana, unidimensional, que parece que deba ser recordada únicamente por los trazos sin ningún contexto de dicho cuadro. Después nuestra mitomanía y nuestros prejuicios hacen el resto y más a menudo que no limitamos a la persona a los márgenes del personaje. Las más de las veces se trata de una fotografía pobre en las que nos faltan partes para comprender bien el todo; en más de un caso la culturilla general se columpia bastante respecto de lo que cuentan otras fuentes “menos exitosas”. De ahí esta serie de artículos sobre personajes de relevancia histórica o que simplemente me resultan interesantes a título particular (y como el niño es mío lo visto como quiero).

No pretendo masacrar ninguna imagen pública, eso que quede cristalinamente claro.  Cada sujeto a estudio es renombrado por sus propios méritos y pecados, y por mí que así siga. Mi intención es la de contarles otros capítulos de sus biografías que han sido poco o nada aireados. Eso sí, es más que posible que ahora los vislumbren de otro modo e incluso que comprendan mejor algún aspecto que antes no les cuadraba.

Y como soy soriano y de empezar la comida por un plato fuerte, allá va un tótem de esta tierra y su cultura.


I – ANTONIO MACHADO

Uno de los poetas más reverenciados de la era moderna en este país, y con razón. Cantó a la tierra soriana de formas en las que nadie lo había hecho ni, posiblemente, lo haya conseguido después. Ya se sabe que cuando a uno le nombran su pueblo la reacción más normal es gritar “¡¡Yuuujuuu!! ¡¡Mi pueblo, mi pueblo!!”, pero si se paran a leer su poemario de un modo más comprensivo descubrirán que algunas de esas estampas describen una ciudad lóbrega, una tierra árida e inhóspita y un paisanaje no mucho más acogedor; sin paños calientes, algunas de sus semblanzas no dejaban nada bien parados a Soria ni a los sorianos. El señor Machado no estaba contando más que lo que veía, mal que nos pese.

No obstante lo anterior, haber alabanzas y parabienes los hubo, y delicados a la par que intensos. Con tal motivo, en nuestra vieja capital castellana (y fuera también, qué narices) tendemos a concebir a don Antonio cual querubín sublime e inmaculado, en permanente y etéreo paseo por las lindes del Duero, como flotando en un éxtasis de enamoramiento hacia Soria. Habitual de ciertos establecimientos como los casinos del Collado y algunas tabernas, Machado dijo de sí mismo “he hecho vida desordenada en mi juventud y he sido algo bebedor, sin llegar al alcoholismo”. Parece ser que también fumaba bastante, y la condición de ser un tanto adanes les llevó a él y a su hermano Manuel, también poeta, a recibir el apodo de “los Manchado”. En definitiva, tenía sus luces y sus sombras como cualquier hijo de madre, aunque a los más idólatras les cueste reconocer que los poetas también comen y van al baño.

Mención aparte merece el asunto de su casamiento con una joven a la que doblaba en edad; sus detractores le tachan poco menos que de asaltacunas y sus defensores argumentan que en aquella época era algo habitual. Ni lo uno ni lo otro: no quebrantó ninguna ley y amaba leal y fervientemente a su esposa Leonor, pero también fue objeto de burlas por ello; un sector de la sociedad soriana se le atragantó de por vida gracias a la cencerrada con la que les obsequiaron en su noche de bodas.

Afortunadamente la expresión escrita era el fuerte de nuestro hombre, así que si pinchan AQUÍ descubrirán una auto-semblanza titulada “Medias cuartillas. Biografía” que escribió estando ya en Baeza donde se muestra una cara más humana y realista y se desmonta alguna que otra falsa creencia.

De todos modos, desde que yo tengo uso de razón recuerdo a Antonio Machado patrimonializado por completo por Soria, los sorianos y el sorianismo, con una versión muy sesgada de su persona y de sus filias y fobias, hecha a nuestra conveniencia local. Machado había venido a parar a aquí por trabajo y ya desde el mismo momento en que bajó del tren, al parecer, estaba deseando largarse, algo totalmente comprensible dado el abismo que separaba los ambientes intelectuales en que acostumbrado a moverse de la cerradísima Soria de 1907, dominada por el clero (siendo como era don Antonio anticlerical hasta la médula). Después ésta ciudad se convirtió, por ponerme castizo, en “el pueblo de su mujer”, y más que posiblemente se le desatragantó algo y hasta le llegó a gustar por asociación sentimental. No obstante, aquella “beca de ampliación de estudios” que les llevó a él y a Leonor a París podemos interpretarla perfectamente como “largarse de Soria durante un año”. Fallecida ella no tuvo más motivos para seguir aquí, conviviendo con dolorosos fantasmas y sintiéndose constreñido, y se marchó para no volver, salvo cuando lo trajeron casi a la fuerza, en 1932, para ser nombrado hijo adoptivo (más de palabra que administrativamente), y aún en aquella ocasión se cuenta que se marchó casi quemando rueda. Todo esto figura en los libros de historia, pero no suele corresponder con el personaje que nos venden oficialmente. Por tanto, de vez en cuando no viene mal recordar, dado lo propensos que somos a mirarnos el ombligo, que Antonio Machado Ruiz, el que probablemente sea el personaje predilecto de los últimos siglos en Soria y buque insignia de la cultura local, ni era soriano ni vivió aquí más que cinco años.

Y no confundamos, por favor, la lírica abstracta con el ser humano de carne y hueso: estaba enamorado de Leonor Izquierdo, no de los chopos del río.

jueves, 16 de enero de 2014

Vintage... ¿montaje?

El otro día aproveché una charla con otros músicos para departir largo y tendido sobre instrumentos; los del gremio nos tenemos que dar réplica en estos temas entre nosotros, porque para los ajenos al mundillo es un tostón insufrible. Cuando más catártico se puso el asunto fue cuando llegamos al apartado vintage. “De época” y “clásico” son dos traducciones al español perfectamente válidas para ese concepto, que no es nuevo, y que denomina a todos aquellos objetos del año de Maricastaña que nos traen recuerdos y añoranzas o que resultan piezas de valor incalculable porque ya no se han vuelto a fabricar (o sí, pero con peor calidad). También se le llama así a la tendencia estética que imita los estilos y maneras del pasado, que pueden ser los años 40 o el 2005, porque nos encanta pasar las cosas a ese saco.

Yo le explicaba a mis amigos mi perplejidad y desorientación acerca de qué años eran los buenos en una marca concreta y en cuales la producción fue desastrosa, porque al igual que en la novela de George Orwel 1984, “el pasado es alterable”, y si hace 5 años los “entendidos” decían que la casa en cuestión hizo porquerías indecentes durante los 70’s, ahora resulta que dicha década fue una época estupenda y esos instrumentos son el recopetín… Quizá debería aclarar que dichos “doctores en la materia” suelen ser gente que compra y vende instrumentos, bien profesionales o simples amantes del género, y claro… la oferta y la demanda marcarán qué es bueno y qué es malo, a quién amo y a quién odio.

Creo que es bastante evidente que a la sociedad de consumo se nos ha ido la flapa muchísimo con el asunto vintage y hay tal pajillerismo que en el mercado de segunda mano se están forrando con las antiguallas que les estorbaban en el trastero. En la empresa privada, que no son tontos y a fin de cuentas están para vender, están sabiendo exprimir muy bien la naranja: las reediciones de objetos de culto valen casi tanto como si fuesen originales, y en muchos casos lo único que tienen igual es el color o una pegatina.

No voy a rebatir que, hablando de productos concretos y de marcas determinadas, hubo épocas en las que hilaron más fino que en otras. Ahora bien, que alguien pague 3000 o 6000€ por una guitarra (por seguir con el ejemplo), por muy de la “Edad de Oro” que sea, cuando su equivalente a día de hoy no llega ni a la mitad, me parece que deja en entredicho, con todos los respetos, la escala de valores e incluso la inteligencia del comprador. Puede que suene algo mejor que una actual (no necesariamente), pero esa calidad difícilmente será 5 ni 10 veces la de una de 600 u 800€ como para justificar esa cifra, y SE TOCA IGUAL y SIRVE PARA LO MISMO. Sumado a todo lo anterior, es más que probable que con tantos años a las espaldas haya piezas oxidadas, deformadas, rotas o directamente caducadas, y teóricamente al músico le debería importar el valor del instrumento como herramienta para hacer música y no como objeto de coleccionismo onanista, que sirve para poco más que especular.

¿O es que acaso meterías ese prohibitivo tesoro en una furgo trotona donde va a ir dándose coscorrones durante 700 kilómetros para luego tocarlo en un escenario cutre lleno de mierda donde el cantante igual te lo tira al suelo al pasar? NO, claro que no, y por una sencilla razón: los 17 borrachos que te están viendo no tienen ni idea de qué marca es tu guitarra, cuantísimo vale ni lo afortunados que sois los poquitos que la tenéis, y les da lo mismo que toques esa que una taiwanesa de 60 euros… Tan ignorante audiencia no merece estar en presencia de esa reliquia tuya que cuesta más que todas sus almas juntas, así que prueba con esa baratija que acabo de mencionar, ya que igual un día te haces famoso y te sucede lo que a aquel paupérrimo y aún desconocido Paul McCartney, que se compró un modestísimo bajo Höfner con forma de violín, y con los años dicho trasto ha terminado siendo el no-va-más y vale un Potosí.

El motivo principal, por encima de la nostalgia y del coleccionismo, para gastarte esas burradas (proporcionalmente hablando en cada campo) en un objeto vintage es la EXCLUSIVIDAD: ya apenas existen porque no los fabrican desde hace siglos y el desgaste ha mermado la población. ¡Toma ya! De repente aquello que escasea se torna automáticamente en codiciado, ergo la calidad estará determinada por la cantidad: cualquier cachivache de hace 40 años, así fuese una bazofia recién salido de fábrica, es canela fina hoy día. Si un día se extinguen las vacas pagaremos millonadas por sus boñigas, y si no al tiempo…

A su vez, razones para buscar la exclusividad hay dos, a saber: la envidia y las ganas de ser envidiado, y los objetos vintage son ideales para esto. Como con todo, si mi vecino tiene tal chisme y yo no se me puede chulear, por lo tanto mejor me compro uno igual y montamos un club de guays afortunados. El día que todo el barrio lo tenga dejará de importarnos un carajo la marca, las manos que lo hicieron, el año, la serie y el cura que los bautizó a todos, porque ya no supondrá ninguna diferencia y posiblemente vuelva a ser visto como un trasto mundano y viejo.

Por otra parte, a cada era su tecnología punta. En décadas pasadas tal inventor o ingeniero y sus trabajadores serían perfectamente hábiles, y posiblemente los materiales y los acabados en ciertos productos fueran más selectos (también el resultado era bastante más caro en proporción; acuérdense de cuántos sueldos valían las primeras teles), pero en algo habrán beneficiado al producto final de la industria los avances de los últimos 30, 45, 60 años… Basta con preguntarle a un agricultor o a una lavandera, a ver si te cambian sus actuales herramientas de trabajo por unas de época o te mandan directamente a ese sitio… Retomando una vez más las dichosas guitarras, me troncho de risa cuando me encuentro al que se compra una réplica del modelo Tal que la marca Cual sacó en 1959 y la quiere también con la tara de serie en el clavijero que las hacía desafinarse constantemente y con el acabado en nitrocelulosa que fue retirado del mercado por tóxico. ¡Claro que sí, hombre! Oye, ya que estamos ¿por qué no reconstruimos la central de Chernobyl con los mismos tejados de uralita y la volvemos a volar por los aires, que es lo auténtico?

A eso hay que añadirle nuestra tendencia a idealizar las cosas con el devenir de los años y a amueblar nuestros recuerdos como nos conviene… En tu juventud maldices a la radiofórmula porque sólo pincha las porquerías de moda y celebras cada avance en la tecnología digital que te va abaratando la música y ahorrando espacio; al cabo de unos años te gastas un dineral en un álbum de aquellos “porque ya no hacen música como la de entonces” y además en vinilo “porque tenía otro sabor”…

En resumen, que si llevamos más de medio siglo haciendo las cosas mal y yendo hacia atrás, invirtamos en I+D+i para inventar de una vez por todas una máquina del tiempo y larguémonos a vivir al pasado, que parece ser que siempre fue mejor y todo lo del pasado molaba más.

Yo, sin ir más lejos, si un día tengo la desgracia de padecer cáncer me someteré a un tratamiento vintage, probablemente inyecciones de quimio del ‘64 o ‘65′, ya que aquella fue la época dorada de la empresa farmacéutica, y me ingresaré en una clínica donde el médico entre fumando en las habitaciones y las enfermeras lleven liguero y cofia, que queda muy auténtico, y que me trasladen en una ambulancia tamaño ranchera con una genuina amortiguación del año que reinó Carolo y una velocidad punta de 90 por hora por si acaso hay una urgencia. Para solazarme durante la convalecencia me compraré una radio de transistores que funcione a 125 voltios (que ya se sabe que estos aparatos se mean en el hi-fi de hoy día), una tele en blanco y negro de 14’’ de las que abrasan los ojos (cómo me van a envidiar las visitas) y hasta un ordenador de esos que ocupaban como una habitación entera porque aquello sí que eran ordenadores buenos de verdad, hechos en USA, y no las mierdas orientales que fabrican ahora…

Disculpen ustedes todo este patetismo exagerado y toda esta demagogia; son intencionados y su pretensión no es la de sonar convincentes, sino ridículos. Es la misma sensación que yo experimento cuando veo un amplificador de 50 años que cuesta más que un coche nuevo o me topo con un reality de subastas o casas de empeño, tan habituales ahora, y compruebo los disparates que paga la gente por un juguete roñoso con cero valor sentimental porque no fue suyo o por unos pantalones usados de antes de que ellos naciesen.

Pero recuerden no tiene tanto delito el caradura que pide esa cifra como quien entra al trapo y la paga.