viernes, 4 de diciembre de 2015

Libertad de… 2ª parte: EXPRESIÓN

Nos habíamos quedado en lo que sucede cuando exteriorizamos esos pensamientos íntimos que son nuestra opinión. Y en un mundo ideal las personas expresaríamos lo que opinamos de forma directa e indefectible, y nadie debería callarse lo que piensa ni manifestar lo que no; creo que a estas alturas ya nos hemos dado cuenta casi todos de que no vivimos en tal utopía. Aquí es cuando viene el peliagudo meollo de la cuestión: ¿cuándo es expresión y cuando pasa a ser actuación? ¿Dónde termina una y empieza la otra? Podríamos conjeturar largo y tendido al respecto, pero la respuesta, a un servidor, le parece muy simple: cuando la expresión le toca los caireles a quien la escucha. En ese caso ya no será simplemente una expresión, sino incluso un hecho lesivo que hiere las sensibilidades, etc. Lo hemos visto millones de veces.

Ejemplo práctico y no excesivamente arcaico: hará cosa de año, un futbolista manifestó ante cámaras y micrófonos que en Brasil, país terriblemente azotado por la miseria y la injusticia, deberían dar palmas de alegría por el mundial. Ese señor tenía todo el derecho a opinar eso e incluso cosas peores; el analfabetismo cultural, la ignorancia y el egoísmo extremo son condicionantes personales de la opinión privada como tantos otros. Dilema: ¿es lícito que ese señor realice una declaración tan polémica? ¿Es meramente una expresión? ¿O acaso ha herido las sensibilidades de tal modo que debería considerarse una acción, incluso punitiva? Ahora imaginemos a un brasileño que ha tenido que huir de su país por la situación extrema y se encuentra, ya en el nuestro, con un ricachón de vida regalada que suelta perlas así, a la ligera; que el ofendido desee en sus adentros la muerte del futbolista entre terribles estertores es bastante comprensible, pero si se le ocurre colgar dicha reflexión en el muro del facebook, ¿qué sucedería? Muy sencillo: que se la cargaría con suma facilidad. Y ni siquiera hace falta que sea alguien de una minoría étnica, puedo ser yo mismo, o mi primo el de Teruel.

¿Por qué? Al afamado deportista nadie le va a poner una querella, y si lo hace no va a llegar a ninguna parte; en cambio, al brasileño, al turolense o a mí se nos puede caer el pelo a base de bien. ¿Por qué, si no hemos hecho sino exactamente lo mismo, esto es, expresar lo que pensamos? Porque el uno es un “héroe nacional” (te sientas o no representado por él y los demás millonarios que corren tras una pelota) y el inmigrante, mi primo y yo somos despojos, donnadies que ni siquiera existimos. El sistema funciona así, y siempre estará de parte del poderoso. ¿Quiere usted saber dónde está la línea que lo delimita? En mi adorada VERSIÓN OFICIAL, escrita por los que detentan el mango de la sartén, y que son quienes deciden, por ejemplo, que una procesión que colapsa una ciudad durante horas es un acto de libertad de expresión, pero pasar por según que sitios con una chapita de la bandera tricolor es alterar el orden público…

Todo eso, claro está, a una macro-escala; vayamos al límite más mundano, a pie de calle. El común de los mortales tendemos a concebir “libertad de expresión” como “libertad para que YO exprese lo que YO opino”, que se puede extrapolar y aplicar a “los que opinan lo mismo que YO”. Porque, evidentemente, no hago daño a nadie por decir lo que pienso, ya que raro es que a alguien le parezcan mal sus propias ideas. Ahora bien, si el de enfrente opina lo contrario y me lo hace saber, no está ejerciendo su libertad de expresión, sino que pasa a la categoría de acto de provocación e incluso de agresión a la sensibilidad, pues me molesta y me hiere. Pruebe usted a cantar el Cara al sol en una herriko taberna o a pasearse por un pueblo de esta provincia agitando una estelada. Y es que en esta sociedad hay ciertos verbos que conjugamos muy poco y muy mal, como son “hacer caso omiso”, “pasar olímpicamente” y “no creernos el ombligo del mundo”.


La tan cacareada libertad de expresión, al menos en este país, no existe. Estará siempre condicionada por lo que el receptor de ese mensaje (bien sea otro Juan Lanas, bien el Ministerio de Cuida-Que-Cobras) considere que le está hinchando las narices.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Libertad de… 1ª parte: OPINIÓN

Los conceptos teóricos siempre son terreno resbaladizo. Todo aquello a lo que no le puedes echar el guante, voltear sobre el lado contrario, constatar el color… se convierte en una especie de ente abstracto que cada cual se imagina y concibe como sabe, puede o quiere (a eso se le llama OPINIÓN; lo complicado y metafísico, ya para empezar, es que el propio concepto “opinión” ya es en sí mismo un objeto abstracto). Hay organismos oficiales cuya labor es acotar y definir en la mayor medida posible los límites, márgenes y aristas de estos conceptos, al menos de un modo oficial; la Real Academia Española (RAE) es un claro ejemplo. El problema es que luego, en el uso cotidiano, desgastamos y deformamos el objeto hasta que tiene muy poco que ver con la definición del diccionario y si en ese instante nos viésemos obligados a reformularla, distaría bastante de la primera.

Se habla muy a menudo de la libertad de opinión, la libertad de expresión y la libertad de actuación, y sus límites y fronteras acaban desdibujados y se entremezclan malamente unos con otros; tratar de trazarlos da para más de un artículo, y de ahí esta entrega por fascículos. Y hasta aquí la abstracción teórica, prometido. Vamos a la práctica, que es, por otra parte, a donde quiero llegar.

OPINIÓN, como ya hemos visto, es la idea o conjunto de ideas que alguien tiene respecto a un tema o concepto, su posicionamiento personal; por tanto, mientras no aprendan a leer mentes, la libertad de opinión, al menos en el ámbito personal e íntimo, es total y absoluta. Otra cosa es lo que luego vaya alguien a hacer con su opinión…

Todos conocemos muchos casos de gente que piensa de una manera y actúa de otra; cualquiera de nosotros, seres humanos, lo hacemos en mayor o menor medida. Es bastante natural tildar esta situación de “incoherencia” o incluso “hipocresía”; a éste que suscribe, sin ir más lejos, este planteamiento teórico le dio en su momento para pensar muchos ratos. La única conclusión a la que llegué es que hay 3 yoes: el yo que piensa, el yo que habla y el yo que actúa. O lo que es lo mismo, que no somos lo que pensamos, ni siquiera lo que decimos, sino que somos lo que hacemos. Puedes tener unos valores morales X, incluso pregonarlos, pero si luego en tu interacción con el mundo te comportas de un modo Y ó Z, mon ami, eres un Y o una Z. Que conste que no es necesariamente malo. Muchos de los lectores de estas líneas estarán pensando en gente farisaica que se tienen a sí mismos por santos, y alardean de ello, pero luego tienen una aplicación práctica bastante menos “hermosa”. Sí, es un ejemplo, pero también lo es el contrario: conozco a cierta persona con pensamientos racistas, y que puede llegar a airearlos de unas maneras bastante procaces, pero a la hora de la verdad, trata a sus trabajadores extranjeros del mismo modo que a los nacionales, con idéntica carga de trabajo, salario, derechos, sobresueldos y facilidades. ¿Es ese conocido mío un racista? Para mí, NO. 

Además, no nos engañemos: todos tenemos de vez en cuando sentimientos e ideas que no se pueden soltar por la boca ni mucho menos llevar a cabo porque son verdaderas barbaridades. Eso no nos convierte en monstruos, porque se ha quedado, precisamente, en una opinión. Y como ya hemos visto, mientras no la expresemos, seremos totalmente libres: Libertad de opinión no es sino libertad de pensamiento.

Pero… ¿Y cuando exteriorizamos esa opinión?

Lo veremos en la siguiente entrega.