Groucho Marx no era español,
pero hay una frase suya que sí lo parece: “Estos son mis principios; si no le
gustan, tengo otros”. Pretendemos estar en misa y a la vez repicando, y quedar
bien con todo el mundo, a todas horas y en cualquier situación: no nos gusta
que nos puedan echar nada en cara, tenemos que ser lo más en todo. Cuánto más
sencilla e indolora sería nuestra existencia si no nos empeñásemos en
adaptarnos a la fuerza, y con penosos resultados, a una serie de conceptos que
son incompatibles entre sí y me atrevo a decir que hasta imposibles de pura imposibilidad. Al grano: si existe eso que
llaman “para todos los públicos”, yo personalmente no lo concibo ni, por tanto,
veo ninguna utilidad a los esfuerzos que hacemos por alcanzar dicha etiqueta,
activa o pasivamente.
Harto conocido es el ejemplo
de la dicotomía Telecinco / La 2. Supuestamente, o se ve uno o se ve el otro,
¿verdad? Pues no: un español, según con quién se haya juntado a hablar, aguarda
la hora de “Redes” o se traga “Sálvame” (y de postre, pone a caldo a los del
bando contrario). Es curioso: con lo que dados que somos, por una parte, a la
exaltación y a la violencia en una situación antagónica, en un ambiente
pacífico no soportamos la más mínima confrontación y tratamos de pasar por
clones de nuestros interlocutores. Por eso, cuando el gobierno lo está haciendo
como el culo (¿lo han hecho bien alguna vez?), “a mí no me mires, que yo no les
voté”, pero si me topo con cuatro afiliados de renombre y me invitan a una
Coca-Cola, resulta que soy simpatizante del partido de toda la vida.
Esto último me parece bastante
esclarecedor. Se dice que todos tenemos un precio y pienso que es cierto. Ahora
bien, no he visto un contertulio que tire por el retrete sus convicciones con
tanta rapidez y a tan bajo coste como el súbdito promedio de este reino. ¿Será
por la picaresca de nuestro carácter nacional? No sé yo: nos arrimamos al ascua
que más calienta con tantísimo descaro que dejamos al Lazarillo de Tormes por
elegante y señorial. Para colmo luego no nos duele el alma ni un poquitín, y dormimos
tan felices porque habremos traicionado a nuestra conciencia, pero hemos sacado
gratis un Chupa-Chups. ¡Gratis! Y cuántas veces ese Chupa-Chups no es más que
la simple aceptación en un grupo social que no tendría por qué rechazarte por
ser lo que eres, o que tendría que adaptarse a ti lo mismo que tú a ellos.
A mí me resulta especialmente
“entrañable” ese veraneante que durante el curso en la city lleva una vida muy moderna y progresista llena de militancia y
manifestaciones, come macrobiótico y rechaza abiertamente todo viso de carácter
castizo-rancio; eso sí, llega en verano a las fiestas del pueblo y mientras
corre el alcohol y le dicen que es un tío cojonudo, aquí el colega canta jotas,
se infla de chacinería, cuenta chistes racistas, machistas y de maricones, y si hay entradas gratis,
hasta va a los toros. Lo diremos bajito, no se vayan a enterar sus amigos de la
capital…
No tengan miedo, queridos
lectores y lectoras, a aseverar lo que piensan: por muy santificada que sea la
oblea, si no la pueden tragar, para ustedes será un sapo, y tienen todo el
derecho a decirlo sin miedo. No existe el “para todos los públicos”; cada uno
tiene unas predilecciones, y no otras, por razones biológicas y vivenciales, y
nadie está obligado a a decir que SI a lo que sus entrañas y su alma dicen que
NO.
No hay comentarios:
Publicar un comentario