Un cubo de agua helada. Por la cabeza. Por la causa.
Documentado. Y retando a otros a hacer lo propio. La verdad es que la idea se
me antoja tan absurda que no puedo evitar pensar que es UNA GENIALIDAD.
Ya he oído a unas cuantas personas (la mayoría, ya de cierta
edad) preguntar medio-indignadas qué demonios tenía que ver la colecta de
fondos para investigar una enfermedad atroz con el hacer el indio de esos modos
delante de una cámara. ¡Nada! ¡Pero si es precisamente eso lo que la ha hecho
exitosa! De acuerdo en que todos somos libres de contribuir o no, con más o con
menos, y que cruzadas como ésta hay tantas como dolencias médicas severas… pero
rindámonos de una vez a la evidencia: de no haber mediado el juego del remojón
y la nominación, el éxito de la campaña no habría sido ni la sombra del que
está siendo. No sé de quién fue la idea, pero chapó y me quito el sombrero.
Esto no deja de ser, queridos lectores, lo mismo que cantar
para aprenderse la tabla de multiplicar: cuando tratamos de hacer divertido lo que
viene siendo meramente necesario y hasta obligatorio, la tarea se ve con otros
ojos. De hecho, igual que con aquellas canciones de la escuela, te vas
distrayendo del objetivo primordial, centrándote en lo puramente lúdico, y
cuando te quieres percatar el conocimiento ya se ha posado ahí. Del mismo modo,
tanto da que haya sido duchándose heladoramente o que les hubiese dado, por
ejemplo, por comer tostadas untadas de mayonesa con la cara pintada de azul y
tumbados sobre una tapia. El quid de la cuestión era propagar la reacción en
cadena, por el motivo que fuese (diversión, moda, envidia, conciencia…), para
que al final todo el mundo pasase por el cepillo…
Y ahí es donde me tengo que poner vinagroso (¡cómo no!).
Volvamos a la escuela y rememoremos a aquellos niños bobos que se aprendían los
cánticos y los declamaban con vehemencia, incluso los coreografiaban exageradamente,
pero lo mismo les daba el contenido de esa letra que recitaban sin pensar: no
habían asentado conocimiento alguno. También estaba el colegial “jeta parda”,
que aparentaba saberse la canción, pero en realidad sólo estaba haciendo el paripé
para quedar bien con la seño… Y luego el tímido, que no quería cantar, pero ya
multiplicaba porque se lo había aprendido por su propio método.
Pues ya los tenemos aquí a los tres, bien creciditos:
cuantísimo modorro está calándose y pasándoles la pelota a sus amigos sin tener
ni pajolera idea de qué va el asunto; se divierten un montón, aunque ahí acaba
todo. No hacen daño a nadie, pero que luego no vengan con que ellos han
contribuido.
Quienes me parecen lamentables y carentes de sentido son
aquellos que, sabiendo perfectamente que es una colecta de fondos y que sin
claudicar en la hucha no se va a ninguna parte, se pegan la ducha helada pero
no se rascan el bolsillo. ¿Acaso crees que con el gesto ya vale, que al
desarrollo de la investigación le habrá servido de algo que tú te cales la
cocorota? Ah, de acuerdo… que lo haces para que te sigan, ¿no?... Si eres tan
famoso, tan influyente como para que se propague la llama por vértelo hacer a
ti, ¿tanto te cuesta echar unas monedas? A ver si encima lo estás utilizando
como herramienta de promoción pública… En tal caso, creo de corazón que
deberías ducharte con esputos verdes.
Por último, hay gente que no se ha grabado haciendo lo del
cubo frío, pero luego ha donado lo que ha podido o considerado. Eso, una vez
separado el folklore de la acción propiamente dicha, cuenta igual. Está muy
bien continuar y expandir la cadena, pero dentro de un tiempo, cuando el asunto
haya pasado, lo que les quedará a los investigadores será el sobre con el dinero,
y en eso habrán colaborado lo mismo uno que otro. Los que no habrán dejado nada
son el niño tonto y el niño caradura…
Si hay que hacer el cafre, se hace. Si hay que operar
discretamente, amén. Lo importante es aflojar la guita. Y lo demás, señoras y
señores, es puramente trivial.
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