Estos días pasados, a colación
del fallecimiento y posteriores exequias de Paco de Lucía, se me ha revuelto
por dentro un asunto que ya lleva bastante tiempo rondándome las mientes: la
obsesión impenitente que tenemos en este país con quedar bien, como decían en
misa, SIEMPRE Y EN TODO LUGAR. No he sido nunca seguidor de este señor, pero
que desbordaba talento, y que revolucionó su género y su instrumento, son
afirmaciones que están fuera de toda discusión: era científicamente un genio, y
cualquier estudioso de la música y de la guitarra en particular lo puede
argumentar mucho mejor que yo. Por tanto, es totalmente normal y consecuente
que se le estén rindiendo homenajes y despedidas por parte de los aficionados
al flamenco en general y a su discografía en particular, así como de los
mencionados instrumentistas de las seis cuerdas que, sin ser necesariamente
seguidores del género ni del intérprete, han aprendido mucho de él.
Ahora nos vamos al Facebook,
Twitter o similares y nos topamos con muchos, muchos miles de “se ha ido el más
grande”, “hoy estamos de luto” y “te charemos de menos”. Esto no es malo en
absoluto, y cada uno en su casa pinta la pared como le apetece, pero a mí las
cifras no me cuadran. Si sacamos las estadísticas sólo con la gente que yo
tengo agregada y extrapolamos, este buen hombre debió de haber vendido más
discos que Elvis Presley. Sumemos el hecho de que tengo la buena o mala
costumbre de hablar bastante (probablemente, demasiado) con mis amigos y
conocidos sobre música, y acostumbro a profundizar cuando la charla lo permite.
Conclusión: muchos de esos desolados fans, hasta donde yo alcanzo a conocerlos,
han escuchado del difunto poco más que el par de consabidos hits cuando han
salido por la tele; a algunos, si les hubiesen preguntado tres días antes de su
muerte, no habrían sabido tararear una sola de sus canciones.
¿Qué intento decir con todo
esto? Desde luego, nada que tenga que en particular ver con el señor Paco De
Lucía; lo suyo es meramente coincidental. A lo que voy es a que en este país
nos encanta sumarnos al cortejo fúnebre, especialmente cuando el fallecido era
renombrado, así carezcamos totalmente de idea alguna sobre su vida y milagros,
o incluso si nos es indiferente. Cualquier persona medianamente conocida,
entrevistada a propósito de una triste noticia de este tipo, suele poner al
recién desaparecido por las nubes, muchas veces metiendo la pata miserablemente
por no tener ni pajolera idea de lo que habla; cualquier programa de zapping
puede arrojar unos cuantos ejemplos. Evidentemente, la llegada de las redes
sociales no ha hecho sino agravarlo. Si el finado hubiese sido Ramoncín (por
poner un ejemplo que no caiga “universalmente simpático”) seguro que muchos
detractores aprovecharían para destilar algo de bilis, pero también estaríamos
leyendo panegíricos en una proporción mucho mayor que la de asistentes a sus
conciertos y compradores de sus obras, y el clip de YouTube de “Hormigón,
mujeres y alcohol” se habría compartido en infinidad de muros (**nota para
el fan de postal: si quieres aparentar que te gustaba tanto, no elijas el
típico tópico; como que huele un poco...**). Hace poco palmó Luis Aragonés
y me encontré unas cuantas “sentidas despedidas” por parte de personas a las
que ni les gusta el fútbol ni entienden de él, pero no querían perder la
oportunidad de alabar la enorme labor del Sabio de Hortaleza; preferí no
preguntar, no tenía ganas de ponerme puñetero...
Nuevamente, todos somos libres
de proclamar lo que nos da la gana; simplemente, no veo ningún sentido a tener
que ejercer de dolientes en un entierro que ni nos va ni nos viene. Pienso que
quien se declara públicamente lleno de duelo por una desaparición que, si bien
no le alegra, tampoco es que le haya amargado el día, no persigue otro objetivo
que el de hacerse notar y quedar bien. Parece que nos sentimos moralmente
obligados a sumarnos a una especie de sentimiento colectivo, aunque no vaya con
nosotros.
Y es que en este país de cultura
plañidera y farisaica no sólo hay que ir a todos los funerales, sino además
llorar a moco tendido.
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