No acostumbro a escribir sobre el “tema del día”, o “el tema
de moda”, pero a tenor de lo que nos viene el domingo (y que mañana es jornada
de reflexión y no se debe), pienso que tampoco viene mal aportar otra
perspectiva acerca del hecho en sí mismo.
¿Existe la libertad de elección? Por supuesto que existe. Ya
sea para elegir una marca de guisantes en el supermercado o a los
representantes políticos en X comicio electoral, a día de hoy, afortunadamente,
la tenemos. Eso sí, limitada SIEMPRE por una ley universal: la de la oferta y
la demanda. Y para no variar, las cosas funcionan de un modo bastante distinto
según a qué nivel o escala nos estemos moviendo.
Si usted vive en una localidad pequeña, la tiendecita
ofertará una o dos marcas de leche; si no le convencen gran cosa, tendrá la
opción de conformarse con una de ellas, y dejar el dinero en el negocio de su
vecino, y la de no comprar allí (adquiriendo la marca de su elección en otra
parte); cabe, incluso, la posibilidad de que usted abra su propio comercio. A la
hora de designar alcalde, sucede más o menos lo mismo: se presentarán entre uno
y unos pocos vecinos, y usted puede abstenerse o votar en blanco si ninguno de
ellos es de su agrado (o postularse usted mismo para el cargo). En cualquier
caso, los alcaldables a menudo estarán bajo las siglas de un partido grande, ya
sea por convicción o porque éste pone la infraestructura a su disposición, pero
tampoco es extraño que ni siquiera estén afiliados ni simpaticen especialmente,
y el modo en el que tienen que responder ante la organización es más bien
anecdótico. Aunque sea una afirmación trillada hasta la saciedad, en municipios
de escaso tamaño se vota pensando más en quién es el sujeto concreto que en la
ideología teórica. Dicho esto, saltémonos el nivel intermedio autonómico (que
da para otro artículo por sí solo) y vamos al mapa nacional, donde la cosa
cambia bastante.
Gran parte del electorado se lleva quejando muchos años de
que sólo hay dos botones para votar, el rojo y el azul, y de que eso no es
libertad. Nuevamente desde el aspecto teórico de la cuestión, debo discrepar
enérgicamente: partidos a concurso siempre se han presentado un buen puñado, e
incluso, dependiendo de lo informados que estuviésemos al respecto o de la
propaganda que hubieran hecho, hemos conocido de la existencia de varios de
ellos al ver las papeletas el día señalado. Otra cosa es a dónde vaya a parar o
para qué sirva ese voto que se otorga a una formación no-mayoritaria. El
bipartidismo, queridos lectores, no es culpa de la falta de opciones. Para
empezar, puntuales pucherazos e irregularidades aparte, si dos partidos se lo
llevan gordo es porque la gente les vota, y punto. Y luego está nuestra
legislación electoral, que deja muchísimo que desear; evidentemente, si en el
trono está siempre uno de los favorecidos por ella, no se van a tiran piedras a
su propio tejado reformándola.
Y a colación de este último párrafo, debo profundizar en
otros detalles, menos visibles a simple vista pero que se hace necesario
tratar. ¿Por qué elegimos lo que elegimos? Se supone que porque la opción
seleccionada representa mejor que otras nuestras ideas e intereses, pero hace
ya bastante rato que la guerra electoral alumbró nuevos motivos. “Voto de
castigo” consiste en no volver a votar a quien te ha defraudado, y “voto útil”,
a quien tiene más posibilidades que tu primera opción. Aunque sensiblemente
distintos, ambos consisten, básicamente, en una misma práctica: votar NO a
quien más te agrada, sino al principal oponente de quien más te desagrada. Estas
dos prácticas están sumamente extendidas y eso ha hecho cambiar muchísimo el
discurso de los partidos en liza. Tradicionalmente, te contaban lo maravillosos
que eran ellos y todas las cosas buenas que iban a hacer por ti si les votabas
y salían vencedores; ahora casi todos consagran su campaña al noble arte de pintar al contrario con
cuernos y rabo, y a profetizar el apocalipsis que devendrá en caso de que dicha
abominación política sea legitimada por las urnas. Se puede hacer oídos sordos
de dicho intercambio de proyectiles, pero hay gente a la que sí le cala, y ya
sea un bando o el otro, les consigue meter el miedo en el cuerpo. Por no hablar
ya del “adoctrinamiento del vecino”, porque en este país tenemos mucha
costumbre de decirle a nuestros seres cercanos lo que tienen que votar y lo
imbéciles que son por no opinar lo mismo que nosotros, condicionando incluso
nuestra amistad, respeto o cariño a que nos hagan caso; hasta se dan
lamentables casos de criaturas repugnantes que obligan a otros a ir al colegio
electoral con la papeleta que ellos les dan.
Toda decisión tomada bajo la nube del temor no puede ser una
elección libre, por pura lógica. Valga como ejemplo la aseveración de los
padres o los profesores en la infancia, o de tu pareja o tu jefe ya de mayores,
tipo “haz lo que te dé la gana, pero…”. Del mismo modo, durante muchas décadas,
millones de varones españoles han tenido que jurar lealtad a la bandera y al
jefe de estado, fuese cual fuese su opinión real al respecto: pobres de ellos
si se negaban. Por tanto, el concepto “libertad bajo coacción” tiene la misma
coherencia que “agua seca” o “balada rápida”.
Expuesto ya todo este espectro, vayan ustedes a votar
(quienes quieran ir, claro está) por filia, por tirria, por miedo o por X
motivo, PERO sepan ustedes a lo que están votando. Dejémonos ya de izquierdas,
derechas, centro o el sursum corda: la mayoría de las formaciones grandes son
NEOLIBERALISTAS. Señoras y señores, un partido político mayoritario, salvo
escasas y honrosas excepciones, no es otra cosa que una empresa licitando por
la contrata del poder, y las empresas están para ganar dinero, y suelen tener
inversores detrás. Quienes tienen la última palabra sobre usted y su vida son
las eléctricas, las constructoras, las petroleras, los bancos y elementos por
el estilo. Y no solo autóctonos del país: grandes corporaciones internacionales
de la talla de Goldman Sachs, JP Morgan, Royal Bank of Scotland y un largo
etcétera están metiendo la cuchara también y manejando los hilos desde las
sombras. Ellos son los auténticos propietarios y jefes de casi todos los
partidos políticos gordos, los que aflojan el parné y, por tanto, los que
deciden qué, quién, cuándo y cómo. Casi todos los políticos que usted pueda
elegir no responden ante su electorado, sino ante sus propietarios. Y esto no
es “paranoia” ni “teoría de la conspiración”: esto es “llamar a las cosas por
su nombre”. Les recomiendo nuevamente leer “La Caverna de Platón”, de la que a
su vez surgió el nombre de este blog, que nos enseña que una cosa es lo que nos
ponen delante de los ojos y otra bien distinta lo que se cuece a nuestras
espaldas.
Elijan lo que elijan, feliz 20 D. No va a llover a gusto de
todos, pero ojalá nos traiga una época de paz y prosperidad. Por lo menos, a
quienes más la necesitan.
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