Llegamos a la eclosión del peliagudo tema de las libertades,
a la verdadera aplicación práctica. Se suele decir que la libertad de uno
termina donde empieza la de los demás, y no seré yo quien discuta tan
postulado, al menos desde el punto de vista teórico. Ejemplo: al amparo de la
ley, fumar está permitido en la calle, o en un parque, pero tampoco es
necesario que el humo le llegue a la cara a otra persona no fumadora que está
dos metros más allá leyendo el periódico; se puede fumar en la otra dirección
del viento, o moverse medio metro. Cada uno hace lo que quiere, nadie se
fastidia, y todos contentos y libres.
A priori, todos estamos sujetos por igual a los códigos de
leyes y normativas vigentes en el momento (salvo
que sea usted rico y poderoso; en tal caso, podrá hacer prácticamente lo que le
venga en gana). Pero, como ya hemos visto, incluso la legislación más
claramente expresada tiene diferentes interpretaciones y grados de laxitud y
permisividad. Para muestra un botón. A casi todos los músicos “cañeros” nos han
cortado ensayos y actuaciones, aún teniendo todos los permisos en regla, con
los decibelios dentro de la medición legal e incluso a horas no-intempestivas,
por reiteradas quejas de tal o cual vecino o adyacente al que le molestábamos
durante la siesta o su teleserie predilecta; sin embargo, me topo
constantemente con charangas y grupos gaiteriles espontáneos que se arrancan
donde, cuando y al volumen que les da la gana, e ignoro el número de protestas
y llamadas al 091, pero sean cuantas sean, a la vista de los resultados, me
temo que surten entre poco y ningún efecto. ¿Diferencia? Que ellos tocan
sanjuaneras y yo rock ‘n roll.
INCISO: Me dijo una vez cierta persona, entonces concejala, en un plató
de televisión y en directo, que yo practicaba “un tipo de arte marginal”; como
todo el mundo sabe, se han vendido millones de discos de Don Paco y Don Jesús,
y los conciertos de la Banda Municipal llenan estadios olímpicos, mientras que
a los tales Guns ‘n Roses, Extremoduro o Foo Fighters no los conoce ni el tato…
Sólo estamos globalizados para lo que nos da la gana, pero ese es otro tema...
El caso es que, aun con la ley en la mano, la vara de medir
es mucho más amable con todo aquello que está oficializado o que les cae más
simpático a los de la poltrona. Sirva nuevamente como paradigma la tolerancia
del actual gobierno (y de los anteriores) con ciertos actos de la iglesia
católica, de los equipos de fútbol o de los simpatizantes del antiguo régimen,
a quienes no se les atribuye falta alguna por organizar unos pitotes de
proporciones faraónicas; luego se clausura una mezquita de pueblo porque los
rezos molestan a los vecinos, al grupo de teatro no le dejan improvisar en la
calle y la asociación de turno que ha convocado la concentración silenciosa
puede acabar con toda la cúpula durmiendo en la comisaría como se pongan
farrucos... Y así, mogollón de casos.
A la luz de los hechos palpables, aquí aparece el incómodo
pero necesario interrogante de ¿quién tiene más derecho que quién?.
Porque a algunos les molesta que los jóvenes beban y griten los sábados noche
en las proximidades de su domicilio, y razón no les falta: tienen todo el
derecho a dormir y descansar. Pero a otros les pueden despertar y molestar los
claxon que celebran, también a altas horas, que ha ganado tal equipo, la diana
floreada de las fiestas de San Juan o el Rosario de la Aurora del Carmen con
megáfono a las 7 de la mañana. Y a estos últimos no va a socorrerles autoridad
alguna, porque se trata de actos oficiales, o cuando menos tolerados por temas
de simpatía. Nuevamente, la VERSIÓN OFICIAL es la frontera.
Y la madre, o la abuela, de la versión oficial no es otra
que la tradición, que unas veces se adecúa bien a los tiempos que corren y
otras… bastante peor. Si yo fuese un músico tradicional, de los que entran en
ese mundo por la vida ortodoxa con todos sus sacramentos, y practicase la
música en sus vertientes más clásicas, no me buscaría ningún problema por
soltar un par de cohetes celebrativos el día de Santa Cecilia y a todo el mundo
le parecería normal; lo hacen cada año por la fecha nuestros estudiantes y
profesionales locales del sector, así sean agnósticos perdidos, no vayan a misa
ni a empujones o les importe un rábano quién fuese la santa ni qué hizo. Pero
como he nacido y me he criado respondón, cazallero y un montón de cosas feas
más, y a mi santoral particular lo tengo bien identificado y por hechos
concretos… por mi bien que no se me ocurra juntarme con el resto de rockeros
locales (y puede que ganásemos en número) y tirar esos petardos, por ejemplo,
el día del cumpleaños de Elvis Presley o en el aniversario del jubileo de los
Sex Pistols, porque seguramente vendrán unos señores de azul a preguntarnos qué
narices hacemos…
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