Los conceptos teóricos siempre son terreno resbaladizo. Todo
aquello a lo que no le puedes echar el guante, voltear sobre el lado contrario,
constatar el color… se convierte en una especie de ente abstracto que cada cual
se imagina y concibe como sabe, puede o quiere (a eso se le llama OPINIÓN; lo
complicado y metafísico, ya para
empezar, es que el propio concepto “opinión” ya es en sí mismo un objeto
abstracto). Hay organismos oficiales cuya labor es acotar y definir en la mayor
medida posible los límites, márgenes y aristas de estos conceptos, al menos de
un modo oficial; la Real Academia Española (RAE) es un claro ejemplo. El
problema es que luego, en el uso cotidiano, desgastamos y deformamos el objeto
hasta que tiene muy poco que ver con la definición del diccionario y si en ese
instante nos viésemos obligados a reformularla, distaría bastante de la
primera.
Se habla muy a menudo de la libertad de opinión, la libertad
de expresión y la libertad de actuación, y sus límites y fronteras acaban
desdibujados y se entremezclan malamente unos con otros; tratar de trazarlos da
para más de un artículo, y de ahí esta entrega por fascículos. Y hasta aquí la
abstracción teórica, prometido. Vamos a la práctica, que es, por otra parte, a
donde quiero llegar.
OPINIÓN, como ya hemos visto, es la idea o conjunto de ideas
que alguien tiene respecto a un tema o concepto, su posicionamiento personal;
por tanto, mientras no aprendan a leer mentes, la libertad de opinión, al menos
en el ámbito personal e íntimo, es total y absoluta. Otra cosa es lo que luego
vaya alguien a hacer con su opinión…
Todos conocemos muchos casos de gente que piensa de una
manera y actúa de otra; cualquiera de nosotros, seres humanos, lo hacemos en
mayor o menor medida. Es bastante natural tildar esta situación de
“incoherencia” o incluso “hipocresía”; a éste que suscribe, sin ir más lejos,
este planteamiento teórico le dio en su momento para pensar muchos ratos. La
única conclusión a la que llegué es que hay 3 yoes: el yo que piensa, el yo que
habla y el yo que actúa. O lo que es lo mismo, que no somos lo que pensamos, ni
siquiera lo que decimos, sino que somos lo que hacemos. Puedes tener unos
valores morales X, incluso pregonarlos, pero si luego en tu interacción con el
mundo te comportas de un modo Y ó Z, mon
ami, eres un Y o una Z. Que conste que no es necesariamente malo. Muchos de
los lectores de estas líneas estarán pensando en gente farisaica que se tienen
a sí mismos por santos, y alardean de ello, pero luego tienen una aplicación
práctica bastante menos “hermosa”. Sí, es un ejemplo, pero también lo es el
contrario: conozco a cierta persona con pensamientos racistas, y que puede
llegar a airearlos de unas maneras bastante procaces, pero a la hora de la
verdad, trata a sus trabajadores extranjeros del mismo modo que a los
nacionales, con idéntica carga de trabajo, salario, derechos, sobresueldos y
facilidades. ¿Es ese conocido mío un racista? Para mí, NO.
Además, no nos engañemos: todos tenemos de vez en cuando
sentimientos e ideas que no se pueden soltar por la boca ni mucho menos llevar
a cabo porque son verdaderas barbaridades. Eso no nos convierte en monstruos,
porque se ha quedado, precisamente, en una opinión. Y como ya hemos visto,
mientras no la expresemos, seremos totalmente libres: Libertad de opinión no es
sino libertad de pensamiento.
Pero… ¿Y cuando exteriorizamos esa opinión?
Lo veremos en la siguiente entrega.
No hay comentarios:
Publicar un comentario